Sobre WAR HORSE de Steven Spielberg

Domingos de cine

por Fernando Pujato

La secuencia final de War Horse es un tanto extraña, una mezcla de western clásico, con ese jinete que despunta el horizonte y entra a la granja en un plano abierto que confunde su silueta con el tono rojizo crepuscular, y un reencuentro lacrimoso de la más pura cepa DreamWorks, con esos edulcorados planos de la familia abrazada, junta, indestructible. Pero el plano final es de Joey, el caballo que, aparentemente, es el centro del film, su excusa indicial y su presencia inequívoca, su leitmotiv fílmico.
Tal vez así sea y sólo se trate de la historia de un caballo que cambia de dueños y de estado, que pasa de una existencia a otra, de la paz a la guerra, de entrenamientos y cuidados bondadosos a  funciones militares y maltratos cotidianos, que huye del horror y reencuentra a su dueño; y eso sería todo. Pero la idea de Spielberg parece ser otra cosa, algo más que un paseo equino por la deriva de la vida de los hombres y algo menos que una incursión inventiva en las profundidades abismales de las relaciones entre diferentes especies, un intento de conectar la gran marcha de los acontecimientos mundiales con las pequeñas historias que lo sobrevuelan, el preludio y desarrollo de la Primera Guerra con la vista social de aquellos que la padecieron de alguna u otra forma y, tal vez, algo mucho más ambicioso aunque un tanto menos notorio, pivotear el relato entre la tradición narrativa del cine norteamericano, las preocupaciones narrativas allende al océano y su marca autoral, su sello distintivo.
Si la escena que cierra War Horse es, no tanto desconcertante como sí la evidencia de que hay allí un puzzle asimétrico resolutivo que impacta, por supuesto, en la disposición de los planos y en la relación que se establece entre ellos, si uno se pregunta, como crítico, cinéfilo y espectador (aunque no necesariamente en este orden) por qué empobrecer ese “regreso a casa” con una sobreabundancia de emotividad tan inútil como manipuladora, la respuesta está no tanto en un guión que hay que seguir a rajatabla o en ese happy end que informa buena parte de la cinematografía norteamericana más ramplona, sino más bien en el modelo que trasunta gran parte de la filmografía de Spielberg, con excepción, tal vez, de ese gran film que es Inteligencia artificial. Un modelo de en detrimento de un modelo para, una visión del mundo como algo poco menos que inmodificable en el cual las acciones de los hombres sólo cuentan para darle un cierto tono de colores locales, está condensada también en el inicio del film, con esos farmers ingleses de vida austera, atrapados en su condición precapitalista, sin otro horizonte que explotar su granja en beneficio ajeno pero orgullosos de su tenencia, duros como ese pasado colonial que se asoma tras las borracheras de un esposo y un padre ausente de discurso, leales como ese eterno presente entrevisto en la templanza de una esposa y una madre agudamente tolerante, y obstinados como ese hijo que no quiere perder lo único que parece darle sentido a una adolescencia tan fugaz como poco relacional -amor o amistad o posesión, poco importa eso para la estructura del film. También están los otros, los dueños del pueblo, esa permanencia casi medieval  actuando de prestamistas rurales con pretensiones de señorío, pero que no funcionan como un contrapunto del núcleo fundante familiar sino como una presencia ineludible, un estorbo necesario en vías de extinción por lo que sobrevendrá.
Y lo que viene en el film es nada menos que la Primera Guerra Mundial, una masacre nunca vista antes aunque imaginada desde siempre, la conflagración que alteró la vida de millones de personas cambiando radicalmente las fronteras geográficas de toda Europa, la contienda que arrasó un modo societario, una época, un ser cultural; el fin de un modo de vida. Sin embargo, pese a todo esto, tal vez contra todo esto, Spielberg hace como que no pasa demasiado, porque ese registro plagado de extras, de campos alambrados, de barro, de tozudez y heroicidad, a medio camino entre el verismo sacrificial de La patrulla infernal y la expansividad patriotera de Rescatando al soldado Ryan, la suerte corrida por todos los involucrados con Joey en ese interludio (muertos, ejecutados, vejados simbólicamente; al menos el abuelito de Heidi se salva del exterminio) se diluye tan rápido como las crueles o bienhechoras acciones de los hombres, la inutilidad de los discursos pacifistas o existenciales, las postales de la caballerosidad inglesa, de el ser teutónico, y la bondad de las clases desposeídas, sea cual sea su geografía, para con sus congéneres, cuadrúpedos o no; hay una razón para esto. La misma quizás que anima la escena en la que Joey es rescatado del cerco de púas en torno a su cuerpo, porque lo que comienza en clave de La gran ilusión en un espacio abierto, con un plano fijo alejado de dos figuras confundidas en su identidad nacional y aunadas por una anécdota fugaz, erguidos en el medio de una zona de nadie, entre-trincheras, suspendiendo, por unos instantes, ese presente de muerte, prosigue con una serie innumerable de planos desde distintos ángulos para resaltar el sufrimiento del pobre animal, la trabajosa tarea para liberarlo, la disputa un tanto animosa acerca de qué bando debe quedárselo,  y una despedida casi jovial, un tono del tipo “esto es el Horror, sin embargo aquí estamos, conversando sobre nuestro lejano hogar…” ; la cápsula de un film, su devenir escénico y probablemente, su destino visual.
La razón por la cual todo parece muy grave pero nada en realidad lo es demasiado no es otra que la idea que tiene Spielberg acerca de lo que debería ser el mundo, o más exactamente, ese joven, atribulado y mesiánico país al que cree pertenecer, o más exactamente, lo que fue en un momento en que las cosas estaban más o menos en su lugar (esto es: desde siempre). Sí, existían inequidades e injusticias, la gente podía ser feroz, algunos morían y otros perdían sus bienes y sus amores, pero con un poco de voluntarismo, una dosis de porfía y una pizca de suerte el equilibrio se mantenía, las personas se reunían nuevamente y la bondad común, o al menos la tolerancia compartida, reinaba por sobre la crueldad de algunos pocos y la ceguera de no demasiados. Poco importan los acontecimientos históricos y las ficciones científicas, y tampoco cuenta demasiado la especie de turno -extraterrestres, seres humanos, animales domésticos o no- cuando lo que se está filmando es un cuento pastoril sin edad de clausura y sin fecha de vencimiento. No es que no se lo pueda hacer, se lo puede mostrar, se lo puede homenajear, a veces, puede salir bastante bien, pero el lugar de este mundo suspendido en la nostalgia ya estaba en aquellos telefilms de los domingos por la tarde, en los que Walt Disney paseaba su ética de boy-scout y su estética domiciliaria. Esto ya pasó. El arte más joven de todos no es, no debería ser, un reservorio melancólico de tiempos ya idos sino uno en movimiento, el único -con excepción de la literatura, quizás- preocupado por mostrar lo que está ocurriendo (ocurrido) en algún lugar de este lugar que habitamos todavía. Su plus es la alteridad de una imagen no domesticada y si Spielberg quiere regresar a la televisión doméstica, a esa crédula reunión infanto-juvenil que se piensa eterna y se sueña también eterna, nadie lo va a extrañar demasiado. Al menos no en una pantalla de cine.
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3 respuestas a Sobre WAR HORSE de Steven Spielberg

  1. Mariana dijo:

    Exelente analisis..de todos modos este director en muchas ocasiones a superado mis expectativas como espectadora de un cine que cuando es de taquilla ya no me sorprende en absoluto….
    Gracias por compartirlo…

  2. Javier dijo:

    Teniendo en cuenta que esta basado en una novela infantil y que acaba como la película (Spoiler del libro: Albert incluso se casa con su novia) no se porque se demoniza esta película cuando es fiel al relato que adapta. Esto no lo entiendo (empobrecer ese “regreso a casa” con una sobreabundancia de emotividad tan inútil como manipuladora, la respuesta está no tanto en un guión que hay que seguir a rajatabla o en ese happy end que informa buena parte de la cinematografía norteamericana más ramplona) te vuelvo a expresar que en el libro es así y el libro es ingles no tiene nada que ver con la Norteamérica mas ramplona.

  3. No demonizo el film, sé que está basada en una novela pero eso no viene al caso porque tal como señalas ni el final es “fiel” al libro o sea que es una libre adaptación, como casi todas en el cine salvo casos muy puntuales como puede ser El tiempo recobrado de Ruiz y ni siquiera tanto. Transcurre en Inglaterra pero eso no significa que Spielberg filme y narre “a la inglesa” (sea lo que fuere que signifique esto), hace lo de siempre y eso creo que está más que claro en el texto con el cual, por supuesto, podés no estar de acuerdo.

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