Cobertura serrana (2): Marcello, Sokurov.

Pujato, el baziniano más ilustre de Río Ceballos, envía una nueva tanda de reseñas, esta vez, sobre películas de la segunda semana de la Muestra de Cine Independiente en La Cumbre. Comentario aparte, esta semana nos fuimos varios para allá, con las siguientes consecuencias: recomendación unánime de la Muestra, junto con las sabrosas cervezas artesanales que venden al frente del cine.
La boca del lobode Pietro MarcelloItalia2009.
Un amor genovés

“El universo de la pantalla no puede yuxtaponerse al nuestro; lo sustituye necesariamente ya que el concepto mismo del universo es espacialmente exclusivo, durante un cierto tiempo, el film es el Universo, el Mundo, o si se quiere, la Naturaleza”. Y no agregaría más al respecto de lo que dice Bazin, pero… salvo al final del film, cuando esa poética voz en off “explica” lo que se ha visto a lo largo de él, incluso dándole un sentido -el del director, el del guionista, el del productor, el de cualquiera- todo lo anterior es absolutamente fascinante. Y esta fascinación proviene, en parte, de no saber ante qué clase de objeto estamos. ¿Es un documental acerca de los “modernos” habitantes de las cavernas? ¿Es una ficción construída a partir de un trabajo documental? ¿Es acerca del tiempo, de cómo se puede jugar con él? ¿Enzo visita a María en la Iglesia porqué está muerta? ¿La entrevista a los dos es antes o después de lo que se nos cuenta? ¿Está pautada, arreglada, formateada? Hay imágenes que son, claramente, de archivo, pero otras (como la vista del barrio de travestis) que podrían no serlo, podrían ser una elaboración de Marcello, como así también las del puerto y la de toda esa gente que habita en esas “cavernas”. Y todo esto no importa, no importa saber si son actores o no, si es una película por encargo, si mientras estaba rodando un film de ciencia ficción descubrió ese mundo y se dijo “por qué no hacer un film sobre la esperanza de los que ya no la tienen, lo sin futuro, los que han perdido lo único que tenían, su libertad, y siguen empeñados en permanecer en este mundo, pese a todo y, tal vez, contra todo; y registrarlo sin nostalgia, sin el sempiterno rescate de los desposeídos, sin ese discurso tan burgués de que los marginados desde siempre (y los niños y los locos) tiene la clave del vivir; y entonces pongo en la pantalla lo atroz y lo divino de ese vivir en esa Génova histórica, casi retrofuturista, y mezclo imágenes y registros y desarmo cualquier pretensión de lo que sea…”. Y entonces, todo ese amor y esa amistad y ese designio, toda esa porfía por permanecer en este mundo es, por un mágico y precioso instante, el universo en el que nos permitimos vivir. Esa vida es en Génova. Fernando Pujato
Una vida humildede Alexander SokurovJapónRusia, 1997
Una vida japonesa

Se podría escribir un tratado, o un análisis serio, acerca del trabajo con el sonido y la luz en relación con los espacios de la casa en el film de Sokurov, de como en un principio transitamos por un espacio que parece vacío escuchando las pisadas -¿de aquél que filma? Seguramente- los ruidos que provienen desde el exterior y que susurran en los pasillos, en el piso, que mueven las llamas del bracero. También se podría escribir acerca de cómo esa casa adquiere una dimensión humana, poco a poco, como pidiendo permiso para filmar una presencia, “la” presencia de esa casa, tan ajena a Sokurov como a nosotros, y de cómo una profunda sensibilidad (rusa) tiene que habérselas con silencios y confección de kimonos, rezos contemplativos y cotidianeidad resolutiva. Y entonces llega un momento en que todo parece poblarse, todo eso está vivo, respira, y los peregrinos-monjes que esperan en la puerta una (humilde) ofrenda de lo que sea invaden el espacio en un plano que parece “momificado”, una pintura, un exquisito dibujo, pero que se mueve, el cine está allí. Y está también en la lectura de las poesías, tristes pero no nostálgicas, que la anciana lee para Sokurov, para nosotros, para mostrarnos, una vez más, que no se trata de penetrar los recónditos designios de una (otra) humanidad, develar algo así como la psicología de un pueblo a través de una figura que, casi, existe sólo para Sokurov y para nosotros. Se trata del tiempo, el de la casa, el de la anciana, el del trabajo, el de aquellos que ya no están, el de la soledad. Se trata de detenerse filmando, de ver esa danza. Todo se mueve aunque necesitemos tiempo -el del film, el del cine- para movernos junto a otras maneras de frecuentar por él. En Elegía Oriental los fantasmas presiden, se conversa con ellos, se aprende de ellos; acá se platica con la porfiada existencia de este mundo. El cine se trata de esta conversación. Fernando Pujato
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