2/11 – LA NOCHE DEL CAZADOR: MEEK’S CUTOFF de Kelly Reichardt

Comienza hoy el ciclo 2 + 2 = 5 (las mejores de fin de año) en La Noche del Cazador. No nos da la suma, pero ellos sabrán (explicar) qué es esto. Con ecos de Dead Man de Jarmusch y los westerns existenciales de Monte Hellman, la última película de Reichardt parece ser un ¿neo? western feminista. Los cazadores intentarán explicar (también) esto.

Meek’s cutoff de Kelly Reichardt (Estados Unidos, 2010, 104′)

por Fernando Pujato

La historia es más o menos conocida: un grupo de pioneers se adentra en el desierto de Oregón en 1845 guiados por un tal Meek buscando un lugar para comenzar de nuevo, establecerse, posicionarse en la América que estaba despuntando, inscribirse en el curso de su Historia. Y, por supuesto, se pierden, se sospecha de las intenciones y el profesionalismo del rastreador, las provisiones se agotan, falta el agua, y la travesía se convierte en poco menos que una pesadilla, un pesaroso deambular a través de un paisaje duro, despiadado, casi arrasador. Pero en realidad aquí no importa tanto si Meek efectivamente ha extraviado el rumbo, cuáles serán sus derivaciones, si los sufridos pioneros van a devenir en personajes pusilánimes o cobardes, heroicos o estoicos, de una caravana hacia la nada y, ni siquiera, si lograrán sobrevivir al precio de lo que sea; acá lo que importa es una intrusión. Porque en los atardeceres de las deliberaciones masculinas acerca de si lo que se debe hacer es proseguir, volver, o ejecutar a Meek, y en los amaneceres de las quejas femeninas de que prender una fogata, cocinar y demás se ha convertido en un trabajo de esclavos, en todas esas vistas panorámicas de una geografía que excede cualquier presencia humana, en medio de la confusión, el dolor y la desazón de intuir -casi de saber- que no hay salida posible para una situación imposible, aparece la figura de otro indígena, aquél que con su sola presencia cambiará el curso de todo y operará un giro en el film.
Y entonces las deliberaciones y las quejas se mudan a otra figura; ya no el consenso más o menos democrático hacia un horizonte redentor y el sobrellevar tozudamente los ásperos quehaceres cotidianos, sino más bien la secreta esperanza de que un “salvaje”, voluntariamente o no, los conducirá al agua, a la vida, ya no sólo el paisaje abierto e inconmensurable sino más bien la alternancia con un registro un tanto más cerrado sobre los cuerpos fatigados, atravesados por el tiempo y los rostros curtidos, transidos de dolor. Y entonces lo que había comenzado como un ¿neo? western no tanto feminista -si es que esa palabra aún existe- como sí sugerente en cuanto al ambivalente desicionismo público masculino, no tanto cargado con la retórica de esa pretérita epopeya expansionista que sigue informando buena parte de la historia norteamericana y del cine hollywoodense como sí el atisbo de un promisorio asentamiento colonial ocluido en su propio devenir, en el vórtice de una situación excéntrica, ni esperada, ni deseada, ni buscada (un azar), aparece la vista de dos civilizaciones encontradas que no posibilitará una declamada comunión o la clausura de un feroz exterminio o el inicio de una genuina comprensión intercultural. Posibilitará continuar con un viaje aunque éste lleve hacia una urbe futurista o el pasaje hacia ningún lugar.
Es esa condición de posibilidad la que lleva al personaje femenino interpretado por Michelle Williams a intentar un acercamiento, estratégico o no, con esa otredad casi incomprensible, a procurar sortear la imposibilidad de una comunicación lingüística y la restricción de género. A veces se lo logra y otras no, hay ocasiones en las que el discurso y la bonomía religiosa alcanzan, y otras en las que hay plantarse rifle en mano para salvaguardar esa vida que podría merecerse en otras vidas. Aunque, finalmente, ese plano cerrado de un rostro quieto refugiado en la sombra de un árbol protector y ese plano abierto de una silueta caminando hacia la vastedad paisajista, esa mirada recíproca de dos mundos apenas percibidos, tan distintos como cercanos, es quizá la constatación de un abismo vivencial acaso infranqueable y la puesta en escena de una ética fílmica. En Meek´s Cutoff  nadie huye, se intenta permanecer. En el cine muchos demuestran, Kelly Reichardt trata de mostrar.
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Una respuesta a 2/11 – LA NOCHE DEL CAZADOR: MEEK’S CUTOFF de Kelly Reichardt

  1. Jorge H dijo:

    Un retrato extraño de la famosa “conquista del oeste” realizada durante el siglo XIX por los colonos que arribaban a EEUU. Nos apresuremos a decir que no es una película histórica. Es un relato que nos muestra el tránsito titubeante de un grupo de colonos perdidos en las inconmensurables llanuras del estado de Oregón. Una película con la extraña particularidad de que sus escenas transcurren en su totalidad en exteriores, en un paisaje muchas veces bello pero también desconocido y por eso mismo atemorizante.

    La puesta en escena, transmite con eficacia la fragilidad de este grupo, que juega su sobrevivencia a la posibilidad de hallar una fuente de agua. En el devenir, aparecen las dudas, los conflictos, los miedos, las esperanzas, los sueños que parecen estar a punto de malograrse. Una pintura anti épica de una etapa de la historia norteamericana, que el cine de Hollywood contribuyó a idealizar y de la que por eso mismo, es poco lo que conocemos de verdad.

    La cuidada fotografía y la decisión de capturar numerosos eventos a través de planos generales, con secuencias largas, en medio de la inclemencia de los fenómenos naturales como el calor y el fuerte viento, contribuyen a que las escenas se carguen de una fuerza inquietante, destacando el desamparo conque este grupo de colonos transita por territorio desconocido. (ver el video a modo de ejemplo)

    Se agrega un mayor grado de complejidad, ante la aparición de un extraño, un indígena con el que resulta casi imposible comunicarse, y ante cuya presencia se potencian las contradicciones del grupo. ¿Confiar en un desconocido que puede salvarlos porque conoce el territorio, o recelar, dando rienda suelta a los prejuicios y seguir intentando la búsqueda del camino correcto, por sus propios medios?

    Aunque en principio parezca forzado, creo que hay puntos de contacto entre este filme y otro anterior de Kelly Reichardt. Me refiero a “Wendy y Lucy”. Es cierto que a primera vista hay diferencias notables, ya que Meek’s Cutoff transcurre en el siglo XIX y Wendy y Lucy en el presente, Meek’s Cutoff es un retrato grupal y Wendy y Lucy tiene una protagonista única (o dos si contamos a la perra), que Meek’s Cutoff transcurre en el desierto de Oregón y Wendy y Lucy en una urbe moderna. Pero son mas importantes y sustanciales las coincidencias: tanto en Wendy y Lucy como Meek’s Cutoff los protagonistas se están alejando de un pasado que no conocemos pero que debe ser lo suficientemente ominoso como para arriesgarse en una aventura peligrosa. Los dos se mueven en un ambiente hostil. Las metas aunque se mencionan, no se detallan, y por lo tanto son algo difusas, y como no conocemos la probabilidad de alcanzarlas, no podemos saber la lógica del esfuerzo. En suma, se trata de gente que está dispuesta a insistir con sus planes, son tenaces y esta perseverancia tiene en las mujeres un rol fundamental. En ambos casos buscan desplazarse a entornos mas satisfactorios, en busca de una vida que pueda desenvolverse con mayor dignidad.

    La forma calma, sin estrépito, con que Kelly Reichardt va desarrollando la acción, manifiesta un estilo narrativo particular, que no requiere de escenas provocativas para hacer fluir las emociones de los protagonistas y las de los espectadores.

    El final de Meek’s Cutoff queda abierto, poniendo en evidencia que la realizadora no está tan interesada en el desenlace de la historia, como en mostrar la tozudez conque los protagonistas han encarado sus vidas.

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