1/11 – MARTES DEL SÉPTIMO ARTE: LOS NIÑOS NOS MIRAN de Vittorio De Sica

Comienza hoy en “Las Noches de Alexis Cabrolié”, espacio formalmente conocido como Martes del Séptimo Arte, un ciclo dedicado a los niños. Decir esto es un poco amplio. ¿En qué sentido, entonces, ‘el cine y la infancia’? A continuación, la respuesta, en el largo y estimulante texto de Alexis.

1/11: Los niños nos miran de Vittorio De Sica (Italia, 1944, 82′)

CARTOGRAFÍAS DE LA(S) INFANCIA(S): UNA DEFENSA DE LA(S) CAUSA(S) DE LOS NIÑOS

por Alexis Cabrolié Cordi

“En mi opinión, la edad más apasionante, la que ofrece más posibilidades cinematográficas, se sitúa entre los ocho y los quince años, la edad crítica por excelencia, la edad del despertar de la consciencia, de los primeros conflictos entre la moral absoluta y la moral relativa de los adultos, entre la pureza del corazón y la impureza de la vida; en fin, desde el punto de vista de cualquier artista, la edad más interesante para poner en evidencia”. 
 Francois Truffaut, El placer de la mirada.
“La vivencia de fuerza psíquicas que rodean a la consciencia, sustentándola, amenazándola o engañándola constituye una experiencia secular que se ha proyectado en el arquetipo del niño, expresión de la plenitud humana. El “niño” es todo aquello que es abandonado y expuesto y al mismo tiempo divinamente poderoso, el principio insignificante e incierto y el fin triunfal, un imponderable que determina el valor fundamental o la falta de valor de una personalidad” 
Carl Gustav Jung, Psicología del arquetipo infantil.

Proyectar la(s) infancia(s), cartografiarlas sin caer en largos suspiros que la reduzcan al mito de la pureza e inocencia absoluta desvinculada de toda tradición y herencia ancestral, o bien en inquisidoras acusaciones de pecado e impureza original, no es simple. La infancia, la niñez, nuestro imaginario sobre, de y bajo ella es una de las más vitales experiencias marginadas, malinterpretadas, malvividas, caricaturizadas a fuerza de corporizar lo que nos es sino energía, estado de conciencia, curiosidad inagotable, pregunta infinita que en sí misma es amor a la vida. Pero el niño y la niña crecen y los más variados y absurdos ritos de transición le obligan a desconectarse lo más posible de esa fuerza para ser recibidos en el mundo de los adultos quienes a partir de ese momento no harán sino recordarles de múltiples maneras que todo aquello que resuene a los primeros cuestionamientos de lo dado, no de lo natural sino de lo naturalizado, no es sino signo de inmadurez, debilidad, ingenua rebeldía. Demuestra que puedes “ganarte la vida”, es decir, dinero, y serás homologado, laureado por los falócratas aunque esa sea justamente la forma en que la mayoría visceralmente desapasionada de su trabajo, mero medio mercantil, pierda la vida a cada instante. Los juegos son para los niños. El trabajo para el adulto. Nunca una imagen tan estrecha y mezquina  del potencial del cuerpo exhibió con tanta beligerancia su dictadura material. Por eso el cine, las películas de los niños, para redimir, a su modo, por medio de las luces y los sonidos, materia y memoria, una dimensión en estado latente; por eso la afirmación de Francois Dolto: “La causa de los niños está muy mal defendida en el mundo, y ello por tres razones:

El discurso científico oculta la realidad simbólica, la capacidad específica, la energía potencial que cada niño encierra;
la primera preocupación de la sociedad es rentabilizar el costo de los niños;
los adultos tienen miedo de liberar ciertas fuerzas, energías que los pequeños evidencian y que ponen en cuestión su autoridad, sus conquistas, sus privilegios sociales. Ellos proyectan sobre los niños sus deseos contrariados, su malestar y les imponen sus modelos”
Estas palabras, creo, pueden ser útiles para intentar una aproximación a los términos “Cuerpo” y “Niño”. Lo primero que se proyecta sobre nuestra vista es quizá la fuerza de la repetición de la palabra “niño” en las líneas de Dolto, es como si deliberadamente no hubiese querido apelar a la elipsis para que, más allá de las connotaciones, la densidad del término se clave en la consciencia de cada lector a partir de la construcción de su imagen, de la imagen de un niño. Y cómo es esa imagen?, cuáles son sus características, sus cualidades, sus virtudes y sus vicios; que relaciones existe entre sus formas y sus contenidos? Que podemos encontrar de normalizador, disciplinar coercitivo en esa imagen que es también imaginario? En alguna medida Dolto esboza las respuestas, las trabaja a modo de barrilete, es decir, nos da la firmeza del hilo pero sin que ello signifique predeterminación del vuelo, del movimiento, del recorrido, de la aventura por esa potencia vital que excede el discurso científico hegemónico, la preocupación rentabilizadora de la sociedad y el miedo de los adultos por liberar esa potencia vital de los/as niños/as. Decir que está mal defendida la causa de los niños es, en cierto modo, afirmar que desde las tres instancias mencionadas (la ciencia, la sociedad y los adultos, en general) lo que se busca es la normalización, el estereotipo, el disciplinamiento, la imagen tranquilizadora, inmóvil, habitual, común y corriente, y por todo ello desvitalizada de la niñez. Así, por ejemplo, las palabras “un niño de 3 años” cumplen una función modeladora, homogeneizadora, dogmática, por cuanto quien la pronuncia cree saber con certeza y rigurosidad científica qué es un niño, qué puede esperar de él. Ahora bien, esta certeza no es sólo fuertemente inestable, trémula, sino que también, a su pesar, es múltiple. “Las formaciones discursivas son verdaderas prácticas, y sus lenguajes, en lugar de un universal logos, son lenguajes mortales, capaces de promover y en ocasiones de expresar mutaciones. Un grupo de enunciados, e incluso un solo enunciado, son lo siguiente: multiplicidades” desliza Deleuze, cinéfilo-cartógrafo del tiempo y del movimiento de las imágenes. En este sentido la frase “un niño de 3 años” se fusiona con “un cuerpo de 3 años” dando lugar, a una nueva figura gramatical, a un nuevo gesto constitutivo, seminal, , a partir de la cual se hace ostensible que la relación entre ellos, el cuerpo, el niño, o mejor, el cuerpo del niño y las tres instancias que intentan capturarlo en su representación es la misma que existe entre el “amar la vida porque estamos acostumbrados a vivir y amar la vida porque estamos acostumbrados a amar. La primera es un querer lo ya  vivido. En cambio la segunda no nos remite a una  vida repetitiva. Amar la vida es aquí amar el cambio, la corriente, el perpetuo  movimiento. El vitalista no ha domesticado la vida con sus hábitos, porque sabe que la vida es algo mucho más fuerte que uno mismo”. Maite Larrauri en el deseo según Deleuze. El cuerpo del niño desata un torbellino de posibilidades, de precipitaciones, de alternativas, de energías conceptuales que rompen con el imaginario acostumbrado de él; el cuerpo del niño viene a subvertir el orden de las relaciones entre las palabras y las cosas echándonos sobre nuestro rostro perplejo, un puñado de afirmaciones que nos espabilan de golpe, pues a su manera funciona como aquella enciclopedia China de la que habla Borges en su libro “Otras inquisiciones” y sobre la cual Foucault se inspira y escribe: “lo que se ve, lo que se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro; la desnuda imposibilidad de pensar esto. Así pues ¿qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata?”. De este modo el término cuerpo del niño desestabiliza, descentra, abre el juego, produce “rizomas” inasibles, insospechados, revelando su fortaleza, su potencia briosa, tenaz, indómita a las categorizaciones, rebelde a las clasificaciones, en fin, revelando ser “el campo de batalla de lo político” tal como (d)escribe con cruda belleza Artaud: “Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad (…) acababa de encontrar el lugar del yo humano cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicidó (…) Así se introdujo en su cuerpo”
De este recorrido abierto, sin carteles que obliguen a transitar en una dirección predeterminada, cerrada, clausurada, que proponen, o intentan proponer las palabras precedente, surge, quizá, lo que puede el cuerpo de un niño, siendo cuerpo y siendo niño, ya no como figura burda de un prosaico comediante clichéico, sino como caleidoscopio en armonía con la poesía del Bachelard más despierto: “en nuestros ensueños sobre la infancia, de alguna manera, se revitalizan todos los arquetipos que vinculan al hombre con el mundo y armonizan poéticamente al hombre con el universo. En nuestro interior, todavía en nuestro interior, siempre en nuestro interior, la infancia es un estado mental”.  Cartografiar la(s) infancia(s) cartografiar sus emociones, sus valores, resignificándolos (“Cuando se significa algo, se significa uno mismo”, significó Wittgenstein) haciendo de la noción de geografía algo perteneciente al cuerpo del planeta que permite vislumbrar en el misterio humano, arcano mayor, su geografía biológica, con sus altos, sus bajos, sus mesetas, sus caudales de energía, sus sitios recónditos, sus fronteras imaginarias, sus horizontes inexplorados y sus caminos por recorrer; el mundo, interior y material, infantil y adulto, devenido en extensión más rica que la concebida previamente. Al menos esta ha sido la intensión que ha tensado el arco del deseo dirigiendo sus flechas a los símbolos de transformación. Despreciar este tipo de niño y niña interior que nada tienen que ver con los slogans fraguados para comercializar con ellos, volverse cínicamente contra él, no pasa de ser el síntoma evidente de un grito desesperado parapetado bajo los pilares podridos de una sociedad de adultos devastados por abundancia de ignorancia y su prolongación más peligrosa: la deificación del intelecto, de la razón. Mutilación del niño, aborto, que irónicamente pocos se empeñan en detener, de las máximas posibilidades cinematográficas.
La cuarta parte de la Ética (de Spinoza) contiene un único axioma: “En la naturaleza no se da ninguna cosa singular sin que se dé otra más potente y más fuerte”. En la naturaleza, como cuerpo geográfico de la tierra y como cuerpo geográfico del ser humano. Quizá allí, en la grandeza poética de la(s) geografía(s), de la(s) cartografía(s) del cuerpo del niño, de los niños y niñas, radique nuestro estado mental más pleno, nuestro más elevado nivel de consciencia.

Programción completa del ciclo:

1/11   Los niños nos miran (Vittorio de Sica. 1944. 82 min)
8/11   La infancia de Ivan (Andrei Tarkovski. 1962. 95min)
15/11 El pequeño salvaje (Francois Truffaut. 1969. 85 min)
22/11 El espiritu de la colmena (Victor Erice. 1973. 97 min)
29/11 La piel dura (Francois Truffaut. 1976. 105 min)
6/12   Y donde esta la casa de mi amigo (Abbas Kiarostami. 1988. 80 min) y Pan y callejón (Abbas Kiarostami. 1970. 10 min)
13/12 Demi Tarif (Isild Le Besco. 2003. 63 min) y Cero en conducta ( Jean Vigo. 1933. 44 min)
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