21/10 – 9 HISTORIAS DE CINE DE LOS 90: Ezequiel Salinas presenta BESHKEMPIR

Llegamos a la penúltima función del ciclo dedicado al cine de los 90. Turno para Ezequiel Salinas, programador de La Quimera, fotógrafo, cineasta. Y que vuelve de su revisión cinéfila de los 90 con un coming of age kirguistaní.

Beshkempir de Aktan Abdykalykov (Kirguistán, 1998, 81′)

por Ezequiel Salinas

I       
“Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Suecia, Rusia y Japón” son los “siete países que han producido, digamos, el 95% de las obras maestras cinematográficas del mundo”.
Richard Roud, “Cinema: A critical dictionary”, mayo de 1980 (citado por Adrian Martin en ¿Qué es el cine Moderno?)
La expresión de Roud cristaliza la centralidad y la hegemonía con que, en términos políticos y estéticos, el consenso (a)crítico y la falta de rigor, o al menos de curiosidad, construían y entendían el mapamundi cinematográfico, antes de que Internet, el streaming, el download y el video impugnaran sus débiles argumentos.  Hoy en día una afirmación de ese calibre difícilmente pueda mantenerse en pie frente a una cantidad descomunal de cineastas que hace 30 años ni siquiera existían en el horizonte de un “especialista” como Roud.
La premisa de programar las mejores películas de una década  surgió el año pasado con un ciclo consagrado a los primeros diez años del siglo 21. Es decir, la década en la que tuve entre 16 y 25 años. Hoy tengo 26. En los ‘90 transité el paso de los 5 a los 15 años. En ese momento no sabía quién era Roud, ni Aktan Abdykalykov y tampoco conocía otro cine que no fuera el local o el extranjero modelo Estados Unidos.
Un recuerdo personal, de fines de los ‘90, cuando todavía era estudiante secundario, hizo patente el cambio radical que imponían el video VHS y una incipiente Internet.
La primera vez que escuché de la Republica Islámica de Irán, fue porque el cine de ese país era un pequeño furor en el mundo: Kiarostami ganaba la Palma de Oro en Cannes y el bastante más mediocre Majid Majidi era avalado por los Oscar en el mismo año. De todas maneras, el porvenir no es siempre una reverencia al futuro, y aunque ahora entienda que Kiarostami es un cineasta clave de la década y sea una referencia más que importante, en ese momento me tocó en gracia una buena dosis de Majidi y sus niños del cielo (Childrens from Heaven, 1997). Era eso o dos módulos de “Educación Ética y Ciudadana”, frente a lo cual creo que pensé que “una película no puede ser aun peor que una clase”.  No sé con precisión la sensación que me dejó la película. Verla después, con el paso de los años sólo sirvió para comprobar que las malas películas duran poco, casi nada, en la memoria.  Afortunadamente.
De todas maneras sirvió para colocar un país sobre el exiguo mapa imaginario del mundo que uno lleva en la mente. El cine después de todo es, o debería intentar serlo, una forma de (re)conocimiento del mundo. 
II
Beshkempir es un coming of age rural y aldeano, que recapitula ese paso finísimo que se da entre la infancia y la adolescencia, alimentado por una madurez que llega con un deseo sexual irrefrenable y exploratorio. Beshkempir es el nombre del protagonista de ese paso. Uno más entre sus amigos, que se divierten con lo poco que hay en su pueblo: un charco con barro, espiando mujeres, a través de pequeños robos o viendo películas hindúes en la plaza del pueblo. A través del juego entre imágenes en color y blanco negro, Abdykalykov acentúa instantes claves, a veces sumamente fugaces, que desvían el desarrollo de la película hacia pausas poéticas, suspensiones que la alejan de la monotonía neorrealista que la habita por momentos.
¿Que sabemos de Kirguistán y su historia después de ver Beshkempir? No mucho más que lo que dos ritos de pasaje, uno hacia la vida y otro hacia la muerte, nos enseñan. Poco exotismo, trampa fácil para lo indómito de su origen y poco retro para ser en cierta manera un film de época, situado en un arco temporal indeterminado.
Soy totalmente solo; así, pues, el ser en mí, el hecho de que existo, mi existir, es lo que constituye el elemento absolutamente intransitivo, algo sin intencionalidad ni relación. Todo se puede intercambiar entre los seres, salvo el existir.
Ética e infinito, Emmanuel Levinas
Esta frase suelta de Levinas me interroga sobre algo que pensé viendo Beshkempir: ¿Soy ese otro que veo y cuyas experiencias comparto? En realidad no, en ese sentido uno siempre es un ser solitario. Nunca se es el otro. Es inútil tratar de estar en el lugar del otro y en el propio a la vez. Lo exótico, lo funesto, es creer que no hay distancia entre Kirguistán y yo, entre Beshkempir y usted. En el mejor de los casos, y con mucho esfuerzo se puede llegar al borde del otro. Con suerte a un palmo desde el cual pueda producirse un intercambio.
Fernando, uno de los programadores de Cinéfilo, decía como un chiste que ésta era una película de un país que ya no existía, acabado probablemente por una revolución integrista o una escisión étnica.  Si así fuera, en mi mapa no estaría ya Kirguistán, pero de seguro, ocupando un lugar fantasma, quedaría el país Beshkempir. 
Esta entrada fue publicada en 1990, Funciones, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

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