17/10 – FANTASMA: LA PIRÁMIDE HUMANA de Jean Rouch

Tercera película del pequeño recorrido de Fantasma por África. Ese genio discreto llamado Jean Rouch, reúne un grupo de jóvenes africanos y franceses para poner en marcha las posibilidades dispositivas del cine y su relación con lo real. Imperdible.

La pirámide humana de Jean Rouch (Francia, 1961, 90 min.)

Atravesar el cine

por Fernando Pujato

El cine puede entretener, ofuscar, maravillar, irritar. Puede estar al servicio de una causa, de un ideal, ser utilizado políticamente por un Estado, con fines de propaganda, educacionalmente, o en beneficio de la politiquería, de los grupos de poder, del mercado, del mercado del arte. Muy pocas veces, si no casi ninguna, puede alterar la realidad, variar el curso de las cosas, instaurar una pequeña revolución, subvertir; tal vez sólo Rosetta de los hermanos Dardenne que propulsó una cambio de legislación en las leyes de Bélgica en cuanto al trabajo adolescente, pero no mucho más. ¿Cambiar a través del cine o con el cine?, ¿una herramienta, un deseo, una evasión? Tal vez, tan sólo, un diálogo abierto al mundo, hacia otros mundos, hacia otras maneras de ver, de pensar y de actuar. Acaso una expansión.
¿Y un experimento?, un poco severo y un tanto catedrático quizá para un arte afortunadamente tan “impuro” y tan poco propenso a pavonearse por los vergeles de la academia; entonces, más bien, una experiencia. Que no es otra cosa que lo que anuncia Rouch en el inicio de un film rodado en 1960 pero que sorprende por esa autoconciencia  directorial tan cara a la hípermodernidad de los inicios de este siglo XXI, un tanto más presuntuoso que los que le precedieron en esta breve historia de la imagen, de la imagen en movimiento.
La proposición es bastante sencilla: colocar a un grupo (europeo) frente a otro grupo (africano) de estudiantes de bachillerato francés en una école de Abidjan, en Costa de Marfil, aclarar que es una ficción, que algunos de ellos deberán ejercer los roles de intolerantes y tolerantes, racistas e integradores, y todo aquello que surja de una situación no tanto extraordinaria o poco frecuente como sí altamente desestabilizadora, y a través de este contacto, de intentar establecerlo o no, explorar sus límites, propiciar un encuentro, elaborar un film. Y el film va; en un principio los grupos discuten, por separado, acerca de la conveniencia o no de insertar a ese “otro” familiar y cercano, pero a la vez casi desconocido, en una suerte de comunidad ampliada, cuáles son las maneras, qué se debe dejar de lado, qué se debe priorizar, qué consecuencias se pueden desprender de esto, cuáles son sus alcances, ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? Y el film sigue; algunos quieren, otros no, en el aula se mezclan los grupos, se discute, se reúnen, los europeos van a una fiesta que recuerda a La gombé de los jóvenes juerguistas y los africanos a una que remeda la discoteca de Petit a Petit, hay enfrentamientos simbólicos y no tanto, celos, histeria femenina, estupideces masculinas y un absoluto fuera de campo de aquellos que se supone -siempre exagerada y fantasiosamente- son los encargados de la educación escolar y vivencial de la dorada juventud.
Y entonces, pausadamente, sin discursos estridentes ni planos ampulosos ni vistas institucionales y parentales, el film se convierte en una suerte de coming of age comunitaria, un aprendizaje intercultural en un espacio público que no elude instancias sexuales, ni políticas, ni confesionales, instauradas en barcos anclados, paseos “venecianos” en canoas, caminatas nocturnas, sueños adolescentes, ensueños de vida. Y entonces llega ese mágico momento en que vemos a todos esos jóvenes mirando este film, mirándose, divirtiéndose con él, y Rouch allí, junto a ellos, y su voz en off  anunciando profanamente –casi un sacrilegio por estos días-  que no importa el director, no importa si esto es una ficción, si esto es un documental, si hay actores o no actores, no importa la construcción, importa lo que se construye. ¿Y por qué no un drama ficcional se pregunta Rouch?, y filma eso, y si alguien debe morir, si alguien debe partir, si todo deriva en la clausura de un horizonte posibilitario, es debido a las exigencias del film, a su espectacularización. Pero si La pirámide humana culmina con el plano de cuatro amigos caminando por una calle de París, o de Costa de Marfil, o de donde sea, no es precisamente para instalar un discurso humanista por medio de un mensaje aleccionador, una suerte de cultura esperanto emergiendo de un remedo globalizador  conformista, una vista tribunalicia dentro un panfleto fílmico; una declamada comunión. Es el final del comienzo de una conversación. Todavía estamos en eso.
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