5/10 – LA NOCHE DEL CAZADOR: LA DIVINA COMEDIA de Manoel de Oliveira

Función de cierre del ciclo Letras del cine (las formas del narrar). Manoel de Oliveira y un hospicio a donde conviven Dosteyevsky, Dante, Adán y Eva, las criaturas de la literatura habitando la imaginación del cine.

La divina comedia de Manoel de Oliveira (Portugal/Francia/Suiza, 1991, 140′)

por Fernando Pujato

Más o menos por aquella dorada época de los ‘70 se estrenaba Atrapado sin salida, de Milos Forman, un film emblemático, al menos generacionalmente, que nos mostraba una rebelión dentro de un hospital psiquiátrico. Estaba allí la cruel enfermera, el héroe de la revuelta (Jack Nicholson actuando, por supuesto, de loco), algunos estereotipos de la insanía mental y todo transcurría puertas adentro. El film terminaba con el bueno de Jack escapando, simbólicamente, del hospicio. La muerte como resurrección liberadora.
No hay enfermeras ni héroes en Los enanos también comenzaron pequeños, de Werner Herzog, ni pastillas, lobotomías o “tipos” reconocibles, y la rebelión de los… enanos, la violencia a través de la Madre Natura, aquello que trastoca el orden de las cosas, ocurre puertas afuera, en el espacio colindante a un entorno agreste, vacío, casi irreal. Tampoco hay escape, ni real, ni imaginario. No hay lugar donde escapar ni, ciertamente, motivos para hacerlo. La extrañeza como inquietud especular.
Puede haber otros filmes como Inocencia interrumpida, de James Mangold, un bodrio minúsculo cuyo único y dudoso mérito es exponer flagrantemente su intención de trabajar con la identificación de los espectadores adolescentes (mujeres) que se encuentran confundidos ante un mundo que no terminan por comprender -como cualquiera de nosotros-, que no los comprende, que los maltrata, los humilla, los degrada y demás aberraciones por el estilo. Pero si se aprende a convivir con uno mismo y con los demás dentro de un manicomio, cualquier estado puede superarse. El voluntarismo como instancia superadora.
Podría haber algunos ejemplos más pero ya es suficiente. Las variantes no son muchas y, salvo el filme de Herzog que no se regodea en la puerilidad de querer demostrar que la esquizofrenia no forma parte del mundo sino que es el mundo, todos transcurren más o menos por los carriles habituales de mostrar la clarividencia, la anormalidad, la prístina iluminación, o el descenso hacia las tinieblas de la locura, de algún pobre desquiciado (los “otros” sociológicos) que ha sido depositado foucaultianamente allí porque la sociedad no tolera la vista de los desechos que ella misma produce. Y demás etcéteras denunciativos.
Nada de todo esto es lo que podemos ver en La divina comedia, de Manoel de Oliveira, que de la obra de Dante sólo conserva -¿irónicamente?- su título pero cuya analogía sería, si es que la hubiera, el purgatorio o el cielo pero nunca el infierno. Nadie parece querer escapar de allí ni pretender rebelarse contra las enfermeras o los directores, manifestarse por la falta de contención o de libertad, subvertir el orden establecido, eclosionar la Institución. En ese lugar clausurado al resto de lo que sea -salvo a la imaginación- se encuentran Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamázov, la Razón y la Fe, los rostros, las palabras y la música flotan en los planos, permanecen, los personajes son su discurso y también su conducta. La singularidad de un filme que no se parece a nada que tenga que ver con un encierro de alienados de cualquier tipo no reside tanto en ese puzzle impuro de citas literarias, discusiones filosóficas, y comportamientos extravagantes, sino más bien en descontextualizar la obra literaria, sacarla de su época y de su geografía y de sus constricciones autorales para resignificarla cinematográficamente en habitaciones, jardines y paseos de una “casa de enajenados” como reza el cartel al que se vuelve un par de veces en el filme, como para que no nos olvidemos, como efectivamente ocurre, donde transcurren los diálogos de Sonia y Raskolnikov, la visita de Iván Karamázov a su hermano Aliucha, las discusiones teológicas entre una suerte de Nietzsche pomposo y un Mesías fabulador, la conversión de Eva en una casta santidad, el deambular de Lázaro con el féretro a cuestas y demás excentricidades mundanas.
Difícilmente La divina comedia sea una alegoría acerca del estado del mundo, ese hablar o mostrar figuradamente que tantas confusiones ha generado en un arte que trafica con otro tipo de figuras que sus compañeras de ruta, o una metáfora que traslade desde los planos un sentido distinto de lo que se ve efectivamente en ellos, y tal vez ni siquiera una parábola aleccionadora sobre los grandes temas de la religión occidental tratados sin esas omnívoras  mayúsculas que los vacían de su sentido cotidiano.
Exiliado en aquella desolada Siberia, escribiendo para pagar sus cuentas de jugador compulsivo, Fiodor Dostoyevski y sus compinches literarios, que tampoco lo pasaron muy bien pese a los mecenas que aún no habían sido reemplazados por los subsidios estatales y la maquinaria de fabricar productos, están hoy aquí, en un mágico rectángulo que escribe otra cosa, que muestra lo imaginado imaginándolo, que sus criaturas no tienen tiempo ni lugar. Podrían ser universales. Podrían ser eternas.
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