30/9 – 9 HISTORIAS DE CINE DE LOS 90: Celina López Seco presenta EL ÚLTIMO BOLCHEVIQUE

Sigue el ciclo de los 90 con la presencia de Celina López Seco, que eligió una de Chris Marker. Una carta a un cineasta soviético bastante olvidado, una película sobre la historia de la URSS, y en gran medida un ensayo sobre la historia del mundo en el siglo pasado. En esos tejidos, Marker siempre encuentra la poesía.

El último bolchevique de Chris Marker (Francia, 1993, 120′)

La eternidad de El último bolchevique

por Celina López Seco

Los chicos de Cinéfilo hacen un ciclo sobre los años noventa. Yo de los noventa recuerdo un mundo que entendía poco, un menemismo que azotaba de incoherencia las palabras; que las palabras raras veces tenían que ver con los hechos y también me acuerdo que a la mayoría le gustaba que un peso fuera igual a un dólar. Lo cierto es que durante los noventa se marcaba bien clara la diferencia entre los que vivían esa década fiestera y los que la observaban.
Y Chris Marker siempre fue un adelantado. Imaginate que en el 93 hizo El último bolchevique. A pocos años de la caída del muro de Berlín, él hizo una obra como El último bolchevique.
Chris Marker creyó y apostó por todos los movimientos sociales de izquierda que prometían una humanidad más justa. Filmó en Vietnam, amó Vietnam cuando se alzó contra Estados Unidos. Filmó en Chile con Mattelart cuando Allende era el futuro. Se fue a Cuba, miró al Che, escuchó a Fidel y cuestionó las colonias francesas en Argelia. Pero a mediados de los 70 ya estaba entendiendo algunos fracasos de esa gauche divine y filmó El fondo del aire es rojo. En esa película disecciona las desventuras y conflictos de la izquierda, como quien mira a un hijo que no entendió nada de lo que sus padres le enseñaron. Aunque sabe que en el fondo y algún día, esos frutos harán que el aire sea por fin rojo. Marker jamás dejó de ser el más crítico pensador de sus propios deseos.
En El último bolchevique recorre parte de la historia del siglo XX a través de la obra de su colega ruso Alexander Medvedkin, un ferviente revolucionario de aquella revolución sin pueblo de la que Stalin se enamoró.
El último bolchevique es una de las películas más lindas que ví. Una de esas obras que son un tratado de ética, una apuesta al humor y la sensibilidad como alternativa para la melancolía. Además es una película inteligente que interroga desde el afecto y la admiración los límites de la ideología. Medvedkin, cineasta ruso, amigo de Chris Marker, no podía esconder su singularidad, no podía dejar de imprimir su sello en cada película que hacía pero a esa revolución no le interesaban las singularidades. Medvedkin fue censurado y, sin embargo, él seguía creyendo. Hay una suerte de ingenuidad pero también de valentía en ese acto de fe que implica seguir creyendo en algo y en alguien que te traiciona con la fuerza de los hechos.
Marker abre interrogantes, relaciona la producción artística de Medvedkin con un contexto hostil y autoritario. Se pregunta por el sentido, por el valor homogéneo del sentido. Viaja al pasado e interroga el vínculo entre éste y el presente. Sin establecer respuestas, la película-homenaje con formato epistolar de Chris Marker a Alexandre Medvedkin es una propuesta que recupera la responsabilidad del arte para pensar y actuar en el mundo.
Deleuze en su libro Cine I. Bergson y las imágenes, define la imagen cinematográfica como imagen-movimiento y diferencia el movimiento privilegiado del movimiento cualquiera: 
“ (…) El cine no puede definirse más que como la reproducción del movimiento (…) y allí está la verdadera ruptura, la auténtica novedad del cine. (…) El cine en tanto metafísica moderna que corresponde al descubrimiento de la ciencia moderna: la reproducción mecánica del movimiento, es decir, la reproducción del movimiento en función de instantes cualquiera, en función de instantes equidistantes y ya no como antes, (ciencia antigua) en función de movimientos encarnándose, es decir, de instantes privilegiados.” (Deleuze, 2008: 116) 
El cine de Chris Marker es un cine que agujerea, que perfora el sentido (único) de los acontecimientos porque hace dialogar las imágenes con un sentido global, saca al cine del ghetto “cinéfilo” y lo pone en relación con la cultura. Es decir; no reduce una interpretación a un “instante privilegiado”, asume el carácter finito, histórico, personal, construido de las imágenes.
Su método es “perforar el sentido, horadarlo, agujerearlo”. Y allí donde la inercia, el establishment, el sentido común, la pereza, ven causas únicas o respuestas indiferentes, Marker recupera la parte del conocimiento que tiene que ver con la sensibilidad, porque, sólo desde allí, la mirada puede ser libre.
Medvedkin era un hombre libre al que ni todo el cinismo del mundo pudo quitarle el deseo de hacer y crear una sociedad más justa.
Mi elección noventera es por ellos. Porque en una década donde Argentina estuvo silenciada por la estupidez, había como Marker, como Medevedkin, hombres justos que se empeñaban en ver siempre la parte linda, la alegría de las cosas, y si eso no es resistencia, ¿qué es?
Esta entrada fue publicada en 1990, Funciones, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

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