28/9 – LA NOCHE DEL CAZADOR: DIARIO DE UN CURA RURAL de Robert Bresson

Sigue el ciclo Letras del cine (las formas del narrar) programado de La Noche del Cazador para Septiembre. En este caso la literatura la pone George Bernanos y el cine el gran Robert Bresson. Y Fernando Pujato sigue pensando estos encuentros en la nota que sigue.

Diario de un cura rural de Robert Bresson (Francia, 1950, 115′)

No es necesario creer en una forma determinada de religión para comprender lo que refracta la pantalla en Diario de un cura rural, de Robert Bresson, o como en un época pasada -pero de la que aún quedan resabios aquí o allá, pero quedan- el cine hablaba del pueblo, nos lo mostraba, a todo él. No por medio de una figura emblemática (un símbolo), o del enfrentamiento entre dos maneras de situarse religiosamente en el mundo (una parábola), sino a través de una paulatina toma de conciencia y de una toma de vista de que la realidad no es una idea, una emoción y, tal vez , ni siquiera los designios que se desprenden de éstas. La realidad es un rostro desnudo sufriendo por su fe.
Y por un cuerpo estragado que ya no parece estar a la altura de lo que se  le demanda, por esa misión sublime para el cura de Ambricourt, inútil o ineficaz para algunos de sus parroquianos, demasiado poco terrenal para su “maestro”, el cura de Torcy, por todo aquello que se desprende de esa voz en off relatando no todo lo que se ve en el film sino más bien señalando momentos, encuentros y decepciones, anticipando la escena, insertándose en ella, resignificándola.
Un tanto más cerca de Vampiro, de Carl Dreyer, por el clima ominoso que se desprende de sus planos, por ese juego de luces y de sombras sobre los rostros y las figuras, por ese afuera apenas entrevisto despojado de circularidad (un lugar que se atraviesa más que se transita), que de la expansividad retórica de Palabra y Utopía, de Manoel de Oliveira, con ese sacerdote batallando incansablemente por los derechos de los indígenas, por instalar una idea civilizatoria que no le deba nada a la conquista opresiva de los “otros”, la puesta en escena de Bresson es más el plano de una palabra no discursiva y el rostro de una torturada vocación que el pasaje de un estado a otro, la controversia de una voluntad, o el horizonte de una redención.
La gracia, la ascensión de uno mismo hacia cualquier lugar al que se desee arribar, se encuentra a disposición de todos por igual, cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, condes y condesas, curas y obispos, hijas y amantes. Un diario, un journal, escrito en presente, sin nada para atrás ni para adelante, es la clausura de una vida hacia lo único que parecería importar: enfrentarse con lo que se cree, no desear lo que se enfrenta. El don podría sernos concedido, sólo hay que merecerse en él.

Fernando Pujato

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