16/9 – 9 HISTORIAS DE CINE DE LOS 90: Fernando Pujato presenta FELICES JUNTOS de Wong Kar-wai

Continúa, firme, el ciclo de los 90. Hoy hace su presencia un muchacho de la casa (esperemos que no nos haga pasar vergüenza). Fernando Pujato programa nuestros Miércoles de La Noche del Cazador, escribe permanentemente sobre cine acá, y eligió una de Wong Kar-wai.

Felices juntos de Wong Kar-wai (Hong Kong, 1997, 96′)

Desde lo lejos de antes

por Fernando Pujato

En 1997 Hong Kong, la ex colonia británica, pasaba a formar parte de la República Popular China; en el mismo año, el director taiwanés Wong Kar-wai obtenía el premio al mejor director en Cannes por un film que triangulaba entre aquella isla, Buenos Aires, y Taipei. Una casualidad.
En 1995 una pareja gay se “escapa” de Hong Kong para tratar de salvar su relación, empezar de nuevo, comenzar distinto, intentar otra vez; su deseo es conocer las Cataratas del Iguazú pero terminan por recalar en Buenos Aires donde todo, finalmente, se derrumba. Una película.
Con música de Piazzola, Veloso, y The Turtles, y con una fotografía exquisita de Christopher Doyle, Felices juntos nos cuenta la tormentosa y atormentada relación de Lai You-kai y Ho Pong-wing en una Buenos Aires de conventillos, bares costumbristas, y el Riachuelo. El primero trabaja en un local de tangos y luego en un restaurante taiwanés donde conoce a Chang, un compatriota heterosexual; el segundo se prostituye, es golpeado, se pierde. El primero termina (creemos) por visitar las Cataratas y vuelve a Hong Kong; el segundo retorna (creemos) a Hong Kong; Chang viaja a Ushuaia, al faro del fin del mundo. Una (casi) sinopsis.
Tres entradas, tres lugares, tres personajes y, tal vez, una clausura. O mejor, una imposibilidad: la de instalar efectivamente un horizonte fantástico. Porque esas cataratas que vemos en dos tomas del film -al principio como un sueño de dos y luego como la concreción de uno- es el encantamiento de un porvenir, la posibilidad de salir del hastío, del encierro, del agotamiento de todo. Y no funciona, ni siquiera como una posibilidad, ni siquiera para sustituirla por otra fantasía. No es casual que el único no involucrado en esa relación -o involucrado a medias en el final del film- es también el único que puede llegar donde quería, a terminar con la tristeza de otros, arrojando las palabras al viento, esas que no puede pronunciar Lai You-kai cuando Chang le pide que las grabe mientras se va a bailar; rodeado de objetos que no son los suyos, en un espacio que no es el suyo, en un lugar que no le pertenece, quiere decir algo, titubea y, finalmente, solloza; no hay nada para decir. La tristeza no se dice. La soledad tampoco.
Pero se puede filmar. Y eso es lo que hace Wong Kar-wai oscilando entre el blanco y negro y el color, tiñendo el film de grises metálicos, de verdes difuminados y de rojos furiosos; mezclando el tango, el folclore y el pop, con el plano de dos siluetas tan solitarias como la carretera en la que están varados, que es también el de esos vacíos pasillos de viejas pensiones, el de la calle empedrada mojada por la lluvia y el de la vista de los carteles de neón y la aceleración furiosa del tránsito alrededor del Obelisco. Filmar la pesadumbre y el desamparo de dos, de a uno, entre los dos, esa “circulación del deseo” que ya no es más, obliterada no sólo por un lugar de extranjería y un espacio cerrado, casi claustrofóbico, sino también por los visibles trazos de un otro lugar familiar que tampoco parecía contener nada más. Y entonces el registro se parte, se quiebra en planos cortos, en abrazos desesperados, tiernos cuidados y sórdidas discusiones, en la vista de un afuera nocturno, solitario y frío, y en un adentro que pivotea entre el sitio de trabajo y el sitio del transcurrir, entre lo que se debe hacer y donde se debe estar. Pero hay tiempo para un interregno veraniego, para jugar, para relacionarse nuevamente, distinto, como siempre. Para partir.
Lo que años más tarde Michael Haneke expondría turbadoramente en Código desconocido (2002), esas nacionalidades incrustadas en el seno de otras nacionalidades, está aquí apenas entrevisto, casi como una tarjeta postal… al revés. Y lo que Hou Hsiao Hsien certificaría ejemplificadoramente en Tres tiempos (2005), la paradoja no comunicacional en un mundo hiperconectado, también acaece en Felices juntos, sólo que con teléfonos fijos, sin ordenadores ni pantallas, con otro escrito. Y el registro formal, ciertamente; lo que poco tiempo después será sustraído al cine, desde el cine, formateado y globalizado para el consumo instantáneo, perecedero, previsible.
Pero aún estamos en los ‘90, hay algo que no ha terminado de concluir, el mundo sigue dilatado, circularmente contrastado -cada vez menos aunque siempre más. Hay algo de todo esto en esa foto “del fin del mundo” encontrada en un puesto de comidas de Taipei, en esa figura sentada frente a nosotros, de espaldas a un (cualquier) destino, en ese frenético tren atravesando ese túnel enceguecedor, casi quemando la pantalla. Hacia lo que vendrá.

(la nota forma parte de este dossier que acompaña el ciclo 9 historias de cine de los 90)

Esta entrada fue publicada en 1990, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s