9/8 – MARTES DEL SÉPTIMO ARTE: NIEBLA DE GUERRA de Errol Morris

Que se vayan todos. Películas que hay que ver antes de ir a votar, se llama el ciclo programado por Alexis Cabrolié Cordi para Julio y Agosto. Hoy, el yanqui documentalista Errol Morris hace un documental sobre el yanqui político Robert Mc Namara. Es semana de invitar amigos a escribir de películas. Sobre Morris, Sebastián González.

Niebla de guerra de Errol Morris (Estados Unidos, 2003, 95′)

Memorias de un criminal de guerra

por Sebastián González

Se dice que la historia cuenta los hechos desde afuera y que la memoria los cuenta desde adentro.  En Niebla de guerra, Errol Morris entrevista y deja fluir la memoria de Robert Strange Mc Namara, un personaje crucial de la política estadounidense de la segunda mitad del siglo pasado. Mc Namara fue secretario de defensa durante las presidencias de John F. Kennedy y Lyndon Johnson, luego desde 1968 director del Banco Mundial hasta 1981. El film se divide en once capítulos o lecciones que estructuran el discurso de Mc Namara,  se  compone también de imágenes de archivo, reproducción de cintas en las que Mc Namara conversa con el presidente o algún comandante militar y se repiten de manera intermitente tomas de fichas de dominós alineadas en un mapa del sureste de Asia.
Niebla de guerra aborda los hechos  más importantes de  la vida política de Mc Namara quien: tuvo un importante papel en la segunda guerra mundial donde primero estuvo encargado de maximizar la eficiencia de los ataques aéreos sobre Alemania y luego fue responsable  del frente del pacífico donde supervisó los ataques a Japón en los cuales, antes de que se lance la bomba atómica se destruyeron importantes ciudades mediante bombas incendiarias; tuvo una decisiva intervención en la crisis de los misiles cubanos y  un rol sumamente relevante en  la guerra de Vietnam, a tal punto que existe consenso acerca de que fue el arquitecto de dicho enfrentamiento bélico, siendo éste el tema  más espinoso del documental.
Mc Namara pretende extraer de cada episodio una lección –el título de cada una de ellas se parece al índice de un ramplón libro de autoayuda-, un espectador crítico nunca debería creerle del todo al ex secretario de defensa,  quien ya en sus ochenta y cinco años, cuando le habla a la cámara parece hablarle a dios, o a un tribunal, en el día de su juicio final. Es que el film le sirve de alguna manera para alegar en su favor, excusarse, pretende a través de sus cavilaciones contarnos el relato que justifique su accionar y el de su país para naturalizar de esta manera tanta violencia y tantas muertes. En definitiva, tal como él lo dice: reescribir la historia, (por supuesto, una historia reescrita a su conveniencia).
A veces admite haber cometido errores, que tal vez, sostiene, puedan haber costado miles, decenas de miles o cientos de miles de vidas, pero con total desparpajo arguye que  se trata de un costo que había que pagar inevitablemente para alcanzar  objetivos y, por otra parte, sostiene que cualquier comandante militar comete errores y por supuesto también los  ha cometido él. Admite además, que si los Estados Unidos hubiesen perdido la segunda guerra mundial, hubiera sido juzgado como un criminal de guerra y reconoce haberse comportado como tal. Pero a veces la memoria de este personaje resulta curiosamente imprecisa; no recuerda, por ejemplo, si fue él u otra persona quien autorizó en Vietnam el uso del dañino agente naranja, un poderoso herbicida cuya utilización ha dejado importantes secuelas en el territorio de Vietnam.
Errol Morris, generalmente, lo deja hablar. Es que sabe que uno de los preceptos de Mc Namara es: “no contestar la pregunta que te hacen si no la que desearas que te hubieran hecho”. Pero sobre el final, el documentalista le pregunta si se siente responsable por Vietnam y si se siente culpable; estas preguntas incomodan ostensiblemente a Mc Namara quien ni siquiera se molesta en esquivar la cuestión y con un modo bastante autoritario e impetuoso le dice que no va a contestar y no va hablar más del tema, porque muchos malinterpretan la guerra y lo malinterpretan a él, que quedará mal  por cualquier cosa que diga y por eso prefiere quedar mal sin decir nada.  Y en ese sentido, Jonathan Rosenbaum dice que una característica del film es su capacidad para decir tan poco como es posible mientras nos da la impresión de decirnos mucho.
Pero más allá de la locuacidad de Mc Namara, que intenta relativizar todo reproche aludiendo a los más variados argumentos, entre ellos el que refiere a la belicosidad de la naturaleza humana,  están las contundentes imágenes que Morris elige mostrar, en ellas, (por más razonables y convincentes que intenten parecer las conclusiones del estratega político) se percibe toda la vibración, todo el horror del  triste espectáculo de la guerra y la muerte. Sin embargo, ¿de qué sirven las “lecciones” de Mc Namara, de que sirve la historia si no es para traerla a colación hacia el presente y observarlo bajo ese prisma? En el documental y en las cavilaciones de Mc Namara no hay una sola referencia a los conflictos armados en los que el país del norte interviene en el momento del rodaje, conflictos en los que también se están cometiendo “errores” que cuestan miles de miles de vidas.
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