1/8 – FANTASMA: PERCEVAL, EL GALÉS de Eric Rohmer

Empezamos la semana (y el mes) con un film de Eric Rohmer. Coming of age medieval, o cómo encontrar la realidad entre artificios ostensibles, son algunos de los planteos que hace Fernando Pujato en la nota que sigue.

Perceval, el galés de Eric Rohmer (Francia, 1974, 140′)

Caballos y armaduras

por Fernando Pujato

Luego de innumerables películas que han intentado retratar el Medioevo occidental, una de cuyas últimas expresiones es el pastiche anacrónico y neo-costumbrista de Ridley Scott (Robin Hood, 2010), el film de Eric Rohmer no es una rareza caprichosa, un dudoso ejercicio de teatro cinematográfico o un intento extravagante de encerrar el cine dentro de un escenario teatral. Tal vez ni siquiera sea un film “medieval”, en el sentido de pretender visualizar parcial o globalmente la equívocamente denominada Edad Oscura.
Aunque tal vez en un sentido un tanto más juguetonamente, se nos presenta como una suerte de coming of age del siglo XI hasta cierta instancia de su metraje, una acabada lección de cómo redireccionar el eje narrativo de un film sin perder de vista ni su forma relacional ni el sentido de su relato y, en su último tramo, la mise en scène retrofuturista de una crucifixión operacional y verbalmente dirigida por uno de los “estados” en los que se encontraba compartimentado el occidente medieval.
Y si todo esto puede parecer demasiado o demasiado poco, Rohmer nos entrega, nos expone, nos deposita (casi se podría decir nos regala) la soberbia transcripción cinematográfica de una novela de caballería escrita en el 1100, respetando los versos octosílabos de la misma e introduciendo dentro de una puesta en escena eminentemente artificiosa y artificial, aquel elemento catalizador del “realismo” que André Bazin invocaba para que una película no derivara en un vacuo expresionismo que termina por aniquilar el espacio cinematográfico o en una performance actoral -a través del texto- que impone una noción de ineludible y omnívora presencia teatral en ese mismo espacio.
Los castillos, los árboles, la superficie pública y privada, todo lo que rodea a Perceval, el galés puede ser, ciertamente, un fantástico e imaginativo decorado pero los caballos y las armaduras -el leit motiv material de la caballería- son tan reales como pudieron serlo en esos tiempos pretéritos en los que aún se pensaba que la gentilidad y el honor podían -y debían- hacer más llevadera la estancia en ese amplio y venturoso mundo paradojal y cruelmente cerrado sobre sí mismo.
Ahora que sabemos todo lo que sabemos de la Edad Media y que, por supuesto, era algo mucho más complejo que un orden feudal estructurado a partir de una trilogía (Iglesia, nobles y campesinos) económico-cultural complementaria y antagónica a la vez, ¿qué debemos ver en la fascinante extrañeza del film de Rohmer? Quizá tan sólo la hipermodernidad fílmica de una fábula cabalgando por la floresta.
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