5/7 – MARTES DEL SÉPTIMO ARTE: CABALLERO SIN ESPADA de Frank Capra

Empieza un nuevo ciclo en Martes del Séptimo Arte, como siempre, con programación y comentarios a cargo de Alexis Cabrolié Cordi, que titula: Que se vayan todos. Películas que deberías ver antes de ir a votar.

La película de apertura será Caballero sin espada (1939) de Frank Capra.

Les dejamos el interesantísimo texto con que Alexis presenta el ciclo y los esperamos esta noche, a partir de las 20.30 hs., como ya saben, Bv. San Juan 1020 casi esquina Mariano Moreno.

Y aprovechamos para poner una foto de Jean Arthur.

Jean Arthur en Caballero sin espada

QUE SE VAYAN TODOS: PELÍCULAS QUE DEBERÍAS VER ANTES DE IR A VOTAR

por Alexis Cabrolié Cordi

La Ilustración consiste en el hecho por el cual el ser humano sale de la minoría de edad que estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro.

Kant, ¿Qué es la Ilustración?

Afirmar, a modo de invitación-exhortación amistosa, que uno debería ver determinadas películas antes de ir a votar no es sólo un gesto que guarda cierta inexorable arbitrariedad, debido principalmente a una ética y estética personal, sino también una declaración (de principios y fines) que arropa una potente idea del cine, como arte y como industria, que casi siempre se intenta desdeñar, marginar, subestimar, debido a su enorme poder y consecuencias: el cine es un arte político. Todo el cine, desde Walt Disney hasta la pornografía (obviando los similares efectos degradantes de ambos) pasando por los films más “comerciales” y “superficiales” como los de de Adam Sandler y Ben Stiller hasta los más “radicales” y “profundos” como los de Pedro Costa o Apichatpong Weerasethakul. Y es político no porque decida “reflejar” o favorecer tal o cual ideología partidaria, o lo que es lo mismo, a tal o cual partido político, más allá de que esto consciente o inconscientemente suceda, sino porque el cine es el resultado de un acto colectivo constituido por individuos que tienen una manera de pensar, de sentir y de experimentar física y espiritualmente la “polis”, el territorio, el lugar del mundo donde viven. El cine es político porque está hecho por seres humanos ontológicamente políticos (“zoon politikon”, “animal político”, llamó Aristóteles al “hombre”), porque nació cuando dos hermanos empresarios franceses registraron y proyectaron, entre otras cosas, la salida de los obreros de su fábrica. Bien podríamos decir que la(s) historia(s) del cine(s) es/son la(s) historia(s) de la(s) política(s) de su(s) autor(es).

Siguiendo con este procedimiento de obturación por el cual el cine es reducido a mero entretenimiento para intentar restarle su poder evolutivo e involutivo en la construcción de lazos sociales humanistas, la política es reducida a los partidos políticos y el poder es reducido a aquellas personas que ocupan los cargos más “altos” e “importantes” de la sociedad, claro está que con el mismo objetivo: alienar a cada ser humano de la consciencia de su propio poder, del poder que tiene para transformar, cambiar para bien y para mal, y que ejerce en los múltiples roles que desempeña en su vida cotidiana como padre, madre, empleada/o, jefe/a, amigo/a, vecina/o…. Cuando las formas de los ejercicios, de las prácticas de los poderes de todos y cada uno de los seres humanos, se piensan y sienten reducidas a un puñado mínimo de acciones que llegarían a su máxima expresión en el hecho de elegir “libremente” (como si no hubiera una gran cantidad de medios de manipulación psíquica para someter la libertad de las personas; “la astucia de los tiranos consiste en embrutecer a sus súbditos, en quitarles parte de su libertad no mediante la fuerza o la violencia sino mediante los espectáculos y los entretenimientos” nos recuerda Etienne de la Boétie en 1574 en “El discurso de la servidumbre voluntaria”) a tal o cual candidato cada determinado lapso de tiempo, entonces el sistema democrático pierde su esencia de libertad, igualdad y fraternidad y se transforma en un acto mecánico, robotizado, de ejercicio(s) del(os) poder(es). La verdadera democracia y su contrario (antes que en un sistema democrático vivimos en un sistema social con prácticas democráticas y prácticas dictatoriales, autoritarias; ni democracia absoluta, ni autoritarismo absoluto; no hay luz sin sombra, ni Ying sin Yang) se construye todos los días cuando de las maneras más heterogéneas contribuimos o no a la dignificación, principalmente espiritual, de la especie humana.

Maquiavelo, en el último párrafo del capítulo 9 de “El príncipe”, sintetiza con el poder de su servidumbre aquello que cada uno de los líderes políticos partidarios se encargará fervientemente de alimentar: “un príncipe sabio debe conducirse de modo que durante todo el tiempo y en cualquier situación sus súbditos estén persuadidos de que lo necesitan y de que no pueden vivir sin él: esta será siempre la mejor garantía del celo y de la fidelidad de los pueblos”.

El Estado, como máquina burocrática, divide sus poderes en tres asentado sobre lo legal, pero el ser humano no es una mera fuerza del derecho, una mera figura heterónoma sometida a códigos, artículos e incisos, sino, y por sobre todas las cosas, una energía insondable, incodificable, que guarda en sí los más altos poderes transformativos, evolutivos, constructivos, y también sus contrarios, que se activan ante el contacto visceral, genuino, primero con uno mismo, luego con los otros, sin necesidad de representaciones y delegaciones castradoras. Cada ser humano es un poder, tiene el poder (para el bien y el mal de sí mismo y de los otros) más allá del Estado. En 1975 Michel Foucault hacía referencia a esta potencia con el nombre de “Microfísica del poder” en una entrevista reproducida en un libro que lleva justamente ese nombre: “para que no se detenga el proceso de evolución social, una de las primeras cosas que deben comprenderse es que nada cambiará en la sociedad si no se transforman los mecanismos de poder que funcionan fuera del aparato del estado, por debajo de ellos, a su lado, de una manera mucho más minuciosa, cotidiana”.  Sin duda, asumir esto, es decir el poder que somos y tenemos, nos insufla, nos inyecta una responsabilidad de dirección, liderazgo, conducción y libertad que atemoriza a la mayoría, adoctrinada en la búsqueda desesperada de líderes-padres-pastores, pues de ahora en más seremos responsables por nos-otros y ya no podremos acusar, culpar, criticar, blasfemar sólo contra esos sujetos siempre ajenos, exteriores, por fuera de cada uno. En “Psicología y educación” Carl Gustav Jung ilustra cómo el pensar y el sentir patriarcal estructura el infantilismo irresponsable de su poder: “Para la organización mundana no es nada benéfico las irracionales esperanzas que las personas de espíritu inmaduro ponen en el padre Estado. El destino a que conducen tales equivocados anhelos, queda ilustrado por aquellos países gobernados por personas que, aprovechando hábilmente las esperanzas infantiles de una masa sugestionable, lograron apoderarse realmente del poderío patriarcal: la pobreza de espíritu, el embrutecimiento y la degeneración moral sustituyen toda ambición espiritual y moral”.

Jonathan Swift, escritor de “Los viajes de Gulliver”, escribió  en el siglo XVIII un muy breve ensayo titulado “El arte de la mentira política” para satirizar la manera en que se construye el escenario político y se lleva a cabo en él su tragicomedia social. Fue,  Maquiavelo, esta vez en el capítulo 18 de su “Príncipe”, quien con todo su descarnado cinismo lacayuno resumió esta farsa: “Todo el arte consiste en representar el papel con propiedad y en saber disimular y fingir, porque los hombres son tan débiles y tan incautos que cuando uno se propone engañar a los demás, nunca deja de encontrar tontos que le crean”.

La defensa de los principios de libertad y sometimiento se asientan sobre la definición de la naturaleza humana, y el cine en su dimensión orgánica más elevada tiene mucho para decir respecto de ella. Quien crea que el ser humano es malvado por nacimiento sostendrá que librado a su propia ley y a su propio orden se transformará en un lobo predador que no buscará sino su satisfacción a cualquier precio, por lo que habrá que someterlo a una ley superior a él; mientras quien considere la bondad natural al ser abogará por su absoluta libertad. La tercera instancia (ya dijimos que no hay luz sin sombra, ni Ying sin Yang, ni anima sin animus; en fin que no hay polaridad absoluta sino complementariedad de “opuestos”) reconoce que el ser humano es una unidad en la que laten tanto el mal como el bien supremo y que tanto el ejercicio de una como de otra dependen de la manera en cada uno asuma su propio poder de autoconocimiento. Pregunta y afirma Henry David Thoreau en una señal concomitante de “desobediencia civil” y obediencia humanista: “¿Una ‘democracia’, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente”. Cada una de estas películas pretenden acercarnos un poco más a ese propósito de asunción del poder de manera que dejemos de ser actores de reparto de la comedia del sistema electoral y que el voto ya no sea un acto de infantilizada resignación exterior y elección del mal menor sino un compromiso y una promesa interior en la búsqueda sempiterna del bien mayor.

Programación completa del ciclo:

5/7    Caballero sin espada  (1939. 119 min. Frank Capra)

12/7  El gran dictador (1940. 125 min. Charles Chaplin)

19/7  Tierra en trance (1967. 105 min. Glauber Rocha)

26/7  Sacco y Vanzetti (1971. 115 min. Giuliano Montaldo)

2/8    Punishment Park (1971. 88 min. Peter Watkins)

9/8    Niebla de guerra (2003. 107 min. Errol Morris)

16/8  El caimán (2006. 112 min. Nanni Moretti)

23/8  V de Vendetta (2006. 122 min. James McTeigue)

30/8  Film Socialismo (2010. 101 min. Jean Luc Godard)

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