23/6 – LA NOCHE DEL CAZADOR: SANGRE de Pedro Costa

Hay algunas cosas para decir de la película de esta noche. Primero, que el portugués Pedro Costa es uno de nuestros directores preferidos, toda una unanimidad en Cinéfilo, con lo que cada proyección de una de sus películas nos infla un poco el pecho. Segundo, que fueron los de La Noche del Cazador quienes hace un año le dedicaron una retrospectiva a Costa a la que le faltaba esta película, su ópera prima, y la última, Ne change rien, así que (casi) saldamos la deuda. Tercero, que en este ciclo la película de Costa actúa como homenaje a otra sobre la que hay unanimidad, La noche del cazador de Charles Laughton, película que a su vez da título al espacio que hace varios años ya, comandan Fer Pujato y José Fuentes Navarro. En definitiva, una serie de cartas escritas a la distancia que le dan un carácter de estimulante cinefilia, creemos, a la proyección de esta noche.

Función que va dedicada a Pedro Hestnes, protagonista de la película, fallecido anteayer.

A partir de las 20.30 hs. en San Juan 1020 casi esquina Mariano Moreno.

Sangre de Pedro Costa (Portugal, 1989. 95′)

por Fernando Pujato

En 1989 un cineasta portugués filma su primera película. De allí en más se convertirá, no tan lenta pero paulatinamente, en uno de los “custodios” de aquello que aún se denomina cine, un arte tan históricamente joven y, a la vez, tan consciente de sus posibilidades, de lo que puede significar -tal vez demasiado y en demasía. Pero también de un diálogo posible entre el ayer y el hoy, de que la modernidad sigue siendo un proyecto y una búsqueda, no un designio y una clausura.

Porque si bien las citas cinéfilas pueden rastrearse a lo largo de toda Sangre (AmanecerCuentos de la luna pálida, La noche del cazador, Tourneur y más) hay aquí algo más que un repaso imaginativo por algunas de las grandes películas del cine, una especificidad fragmentada identitariamente que va más allá de ese núcleo familiar que aparece en primera instancia, como si los personajes hubieran sido arrojados a la modernidad de un mundo todavía no reconocible como tal y que tiene un paralelo con la fragmentación de la narrativa pero, sobre todo, con la univocidad de los planos. No es que éstos no se encuentren concatenados y la puesta sea un caos sin sentido y sin unidad aparente, sino que todo plano contiene la marca de encuentros azarosos, de instantes irrepetibles, las huellas de un pasado que aún no termina de serlo y las marcas de un presente que aún no termina de ser. Es en esa zona indiscernible de tránsito onírico, de vidas desgajadas, de horizontes irresolubles, donde aparecen los fantasmas incorpóreos -¿quién persigue a Mariana cuando está con los niños? ¿quién acompaña a Nuno en la lancha? ¿quién está realmente vivo y verdaderamente muerto?-  y el esbozo de una carta inacabada. Salvo Huesos y En el cuarto de Vanda, acaso sus películas más “bazinianas”, aquello que no se puede mostrar, que son palabras que flotan como perennes mariposas en el universo del discurso, que no se sabe si alguna vez llegarán a destino, ni quién las recibirá y mucho menos si serán leídas, comprendidas, contestadas, serpentea gran parte de la obra de Costa.  Y habrá que esperar a Casa de lava para que ésta adquiera una forma transida de dolor, pero que guarda la secreta esperanza de ser citada y recordada por aquellos dos fantasmas corporizados en el pasado de sus vidas que transitan por Juventud en marcha.

La magistral ópera prima de Costa remite tanto a la historia del cine como a parte del resto de su filmografía, pero hay aquí algo que no volverá a repetirse: la presencia central de un niño. Y no es una casualidad que éste sea el único que decida regresar a su casa, y que el plano final nos lo muestre conduciendo una lancha solo; o más bien acompañado por alguien a quien no vemos y que le ha preguntado si puede arreglárselas por su cuenta. La culminación de esta suerte de extraña coming on age ensoñadora será el inicio hacia la adultez fílmica de uno de los directores más importantes de los últimos veinte años. Crecer, a veces, no significa envejecer sino más bien todo lo contrario.

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