Mis tardes con Margueritte, crítica por Fernando Pujato

Los invitamos a leer a Fernando Pujato (programador de La Noche del Cazador, espacio que funciona los Miércoles en Cinéfilo) aquí en una crítica de la película Mis tardes con Margueritte, estrenada hace poco en Córdoba. ¿Sobre un film costumbrista francés? Más bien, esta nota es toda una declaración sobre Gérard Depardieu.

Un rato con Depardieu (Mis tardes con Margueritte, de Jean Becker, Francia, 2010)

por Fernando Pujato

Hubiera podido ser un bodrio minúsculo. Si uno se atiene a las sinopsis periodísticas tipo “una adorable anciana que le lee a un semianalfabeto hasta que pierde la vista y éste comienza a leerle a ella” e idioteces por el estilo, es muy probable que no vaya a ver la película o vaya porque le gusta ver como sufren los otros y, seguramente nadie iría para ver una de Depardieu o alguien iría para ver cuánto ha engordado.

Es cierto que hay una anciana y un “bruto” de provincias, es cierto que ella le lee y va a perder la vista, es cierto que él se esfuerza en aprender a leer más o menos correctamente para leerle a ella. Pero esto es parte del guión. Otra parte de éste incluye a una grupo de amigos del bar (un italiano hablando francés, un irónico depresivo, una dueña complaciente y su novio árabe y cosas por el estilo), a una madre que reniega de su hijo (siempre es bueno poner una relación edípica-electra aquí o allá), a una novia joven híper-comprensiva y, por supuesto, a una frágil anciana llamada Margueritte que es, efectivamente, adorable. Pero esto no es toda la película.

Tampoco se trata de un film de aprendizaje, aunque lo más destacable esta aquí, en los modos y las maneras de construir una relación, de mantenerla, de sostenerla, en que una amistad puede surgir azarosamente pero es necesario trabajar por ella, como también lo es aprender a escuchar al otro -que es más bien aprender a dialogar con el otro- elaborar un duelo, priorizar situaciones, mantener conductas. Pero esto es lo que se desprende de la película.

Que tiene, además, unos flashbacks horrendos que pretenden explicar, vía castración institucional y materna, por qué el bruto es lo que es, que coloca unas teclas de piano ante una muerte, que escenifica un costumbrismo de provincias francés por si acaso no entendamos donde estamos situados, y que le inventa un pasado médico sin fronteras congolés a la buena de Margueritte que, encima, es pobre y debe ser mantenida por unos sobrinos. Pero esto es lo que forma parte de la película.

Porque Mis tardes con Margueritte es todo, o casi todo, el gran Gérard Depardieu, que va más allá del personaje acotado y sin aristas que debería haber oficiado de acompañante cuasi terapéutico de la ancianidad desvalida para lanzarlo, no tanto hacia el reto de una conversión individual, sino para transformar lo que ocurre a su alrededor; no tanto arrollando el film sino logrando que éste lo atraviese o, mejor, que pase por su cuerpo más que por sus gestos, por su postura más que por su conducta. En las antípodas de sus congéneres norteamericanos (De Niro y Pacino por poner dos ejemplos a la par) que siguen oficiando de ellos mismos hace demasiados años ya, y que continúan con sus rictus, sus guiños, y sus voces inalteradas, interpreten lo que interpreten, es impactante lo que transmite Depardieu corporalmente. Y no es casual que el film inicie con él saliendo de una casa y tomándolo de espaldas, aunque sí un desacierto que culmine con su voz fuera de campo leyendo cuando en la secuencia anterior el plano donde está con Margueritte dentro de la camioneta saca al film fuera de bancos y plazas, bares y geriátricos, de su previsibilidad geográfica. Pero no por cierto de su pretensión interclacista, de su “mensaje” reparador.

El plano en el que Depardieu está sentado solo en el banco donde se encontraba con Margueritte y de repente se levanta y sale corriendo fuera del cuadro es el momento en que por ese andar presuroso, por ese gesto de rescate, por ese cuerpo tan poco agraciado, torpe pero descomunal, pasa unos de los fetiches de la historia del cine. Hay actores que aún siguen importando en películas que, tal vez, no importen demasiado. Hay que verlo a Gérard Depardieu.

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