27/4: LA NOCHE DEL CAZADOR presenta: EL CICLISTA de Mohsen Makhmalbaf

Como parte del ciclo MERCADO PERSA (Free Panahi!) de LA NOCHE DEL CAZADOR, exhibimos esta noche EL CICLISTA de Mohsen Makhmalbaf.

Los esperamos a partir de las 20.30 hs. y los invitamos a leer a continuación una muy buena nota de Fer Pujato sobre la película:

EL CÍRCULO ÉTICO

por Fernando Pujato


– Tengo un mensaje para el señor Makhmalbaf
– ¿Cuál es ?
– Dígale que
El Ciclista es parte de mí.

Este diálogo se encuentra en los comienzos de una de las mejores películas de la historia del cine, Primer Plano de Abbas Kiarostami, que instala una poderosa reflexión no sólo sobre el cine en general -por lo tanto de parte de nuestra vida- y la idea de qué es un autor, cuándo una obra deja de pertenecerle y cuáles son los usos que se desprenden de ella, sino también cual es el límite, la frontera ética de un engaño, de una farsa, de una estafa.

Hay un momento clave en el film de Makhmalbaf: es cuando el ciclista cae extenuado de la bicicleta y es reemplazado (por esa noche) sin que nadie se entere de esto. Nadie excepto un falso ciego que es sobornado para que no divulgue el hecho y… nosotros. La diferencia entre ambos films no es tan sólo el resultado de ambos engaños: Sabzián, en el film de Kiarostami, es descubierto al hacerse pasar por Makhmalbaf y el ciclista no, por lo tanto termina con el desafío de correr siete días seguidos arriba de su bicicleta. La diferencia está -y no maquiavélicamente- en aquello que se persigue, en la búsqueda de una visibilidad social, en el interregno fantástico de una existencia postergada, en jugar efímeramente con un espacio de poder que no se posee; y en aquello que no hay más remedio que perseguir, en el sacrificio y la porfía de aquél que sabe que es explotado no ya por vender lo único que posee (su fuerza de trabajo) sino por entregarse al toma y saca de una apuesta circense que lo excede. Hay un abismo diferencial entre el sueño mundano de convertirse en un otro social, de burlar las barreras societarias para instalarse igualitariamente en un universo simbólico mediado por la condición de clase, y un círculo clausurado por su propio acontecer, en una realidad terrible, devastadora, que sólo exige un reparo material para no acabar con ella misma. La “estafa” planificada de Sabzián, aunque personal, se ubica en el deseado horizonte de un reconocimiento público; el engaño accidental del ciclista deviene en una acotada confabulación cuya única meta es la salvación individual. Primer Plano requiere de nuestra comprensión, El ciclista no sólo de ella, necesita también nuestra complicidad. Después, El ciclista es inequívocamente cine popular. Al igual que Aquel querido mes de Agosto (Miguel Gomes, 2008), hay aquí un registro colectivo público, el de las calles, el de las plazas, el del bullicio cotidiano, el del todo ese mosaico cultural que instala en el allí afuera los signos distintivos del ethos de un pueblo.

Y por supuesto, como en Gomes, no hay nostalgia, ni condescendencia de clase, ni tan siquiera populismo. Aquello que en muchos directores se transforma en un rescate de las supuestas raíces populares enterradas bajo la pátina del progreso, en un mirar-filmar por encima del hombro a los sujetos que no “me” pertenecen, a los que no pertenezco, en un colectar de estampas folklóricas para presentarlas como prueba de la sabiduría popular en los tribunales de la imagen globalizada, todo esto que hace que el cine se parezca más a un panfleto finalista, a un fraude iluminatorio, a una diatriba tribunalicia, que a un arte imperecedero, imaginativo e incómodo, Makhmalbaf lo reconvierte en una feroz condena visual que no elude instancias estatales ni diplomáticas, apuestas gangsteriles ni cometidos picarescos.

La figura del inmigrante afgano, de aquél que contesta “¿qué puedo decir?” cuando le preguntan si está dispuesto a pedalear durante siete días para aliviar el tormento de su esposa, reúne en torno a sí -delimitándolas y a la vez expandiéndolas fuera de su calvario inmediato- la estúpida miserabilidad de una pirámide conductual cuya base alberga el oprobio de una tortuosa mezquindad y cuya punta está coronada por el absurdo mesiánico del orgullo nacionalista; en el medio están aquellos que ponen su saber (curar) al servicio del mejor postor. Y habría que ver aquí, como lo señala Roger Alan Koza en su excelente artículo acerca del dinero en el cine (La superstición invencible: el dinero en el cine; http://ojosabiertos.wordpress.com/2009/11/19/la-supersticion-invencible-el-dinero-en-el-cine/), no sólo “una líbido codificada exclusivamente en términos monetarios”, sino también un orden social estructurado, permeado íntegramente por el fetiche más efectista de la historia de nuestra especie.

El dinero preside, en El ciclista, todas las secuencias de resignación, falta de escrúpulos, explotación e infamia: los intentos de suicidio debajo de las ruedas de los camiones, la parafernalia clínica para aumentar o socavar las energías de el ciclista, la asistencia médica o no para con la esposa de éste internada en un hospital, la contratación de trabajadores afganos (que pasa de 50 a 350 tomans) para quitarle apoyo moral a la pretendida hazaña de su compatriota.

Es mucho, tal vez demasiado, dolor el que se ve allí, al punto de que Mahakmalbaf introduce un par de escenas oníricas y el registro callejero de dos niños deambulando por las estrechas callejuelas de piedra de una ciudad cuasi medieval, para tratar de no encerrar la puesta en escena dentro de los acotados márgenes de un derrotero aflictivo que amenaza convertirse en un impiadoso final.

Se puede o no haber visto Primer Plano, y quizá Sabzián y el ciclista puedan explicarse dialécticamente, pero para que el film de Mahkmalbaf logre mostrarnos el desamparo de una clase social a la que no pertenecemos, de un otro cultural que nos es totalmente ajeno, para que adquiera toda su significación, tan sólo debemos despojarnos de nuestra supuesta  empatía burguesa, y situarnos comprensiva e imaginativamente frente a esa alteridad daneysiana que no puede, no debe, ser deglutida, entropizada en aras de un plácido y fantasioso universalismo complaciente.

Comprensión e imaginación no son grandes palabras, son apenas las que pueden seguir informándonos acerca de lo que siempre necesitamos para seguir aprendiendo a ver, a ver cine. Y quizá también, sólo a veces, una pizca de complicidad.

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