Zoom prohibido, por Serge Daney

Serge Daney escribió en 1983 este comentario sobre la cobertura dada por la televisión francesa a las ceremonias de condecoración póstuma a los 58 paracaidistas franceses fallecidos en el atentado terrorista del 23 de Octubre de 1983, dirigido contra los cuarteles estadounidenses y franceses instalados en Beirut.

En este momento en que la televisión hace espectáculo de la tragedia japonesa, y una parte al menos mínima de esa televisión es finalmente capaz de hacer una autocrítica ética de sus propias formas, el pensamiento de Daney retorna con toda su lucidez.

Zoom prohibido

por Serge Daney

Serge Daney

Toda vez que los príncipes que nos gobiernan quieren marcar simbólicamente un acontecimiento entra en escena la televisión. Entonces, hay que plantearle un problema que tenía más o menos olvidado: ¿cómo filmar un ritual? Pregunta solemne, sin duda, pero insoslayable. En efecto, cuando debe filmar un espectáculo simbólico, la televisión (y los que la hacen) se acuerda de que está hecha de imágenes y sonidos, de comentarios y de voces off, de cámaras que se mueven sobre cuerpos petrificados, de dispositivos tirados a cordel y de extras que, a veces, no son “cualquiera”, porque se convierten en emblemas. Ayer, era una Imagen de Francia lo que había a la vez que dosificar y mantener en posición de firme en la Place des Invalides, una Francia hecha de jefes simples (Mitterrand y todos los ministros, pero también Giscard y Chirac), de simples soldados (los boinas rojas), y de familias entregadas a su dolor (el de los 58 muertos de Beirut).

Entonces –sólo entonces- los realizadores de la televisión, los camarógrafos y los técnicos de sonido, se plantean, como quien dice, problemas de “contenido”. Y los encaran por la negativa, confeccionando de antemano una lista de acciones impropias. Sólo se ponen a pensar sus gestos cuando tienen que “andar con cuidado”.

La televisión inventó sus propios rituales (los juegos, las mesas redondas) pero claudica un poco cuando se trata de insertarse en rituales preexistentes, históricos, incorporados en la historia de Francia. Rituales que ya han sido pintados o grabados. La TV tiene, en efecto, tendencia a volverlo todo trivial, a aplicar el zoom publicitario sobre cualquier cosa, a empequeñecerlo todo (de allí su nombre: “pantalla chica”). Es así que, ante una misa, ante la visita de un presidente a os muertos del Panteón o ante un repique de difuntos, vuelve a descubrir que el instrumento que tiene entre manos no es inocente, o que, como se dice (en vano) desde hace siglos: las formas están cargadas de contenido.

¿Qué había que evitar a toda costa durante la filmación en directo de la ceremonia de condecoración póstuma de los 58 cadáveres de Beirut “muertos por la paz” (o por Francia)? El pathos, la pomposidad, la obscenidad, la excesiva presencia de políticos, el espectáculo gratuito y cualquier virtuosismo demasiado evidente. Ninguna imagen particular debía quitarle protagonismo a la idea de conjunto (sobriedad, grandeza, unidad).

Entonces, para conciliar movimiento televisivo y carácter estático del ritual, el realizador hizo venir de un pasado olvidado el principio raramente utilizado en TV del fundido encadenado (una imagen se funde lentamente en otra: por ejemplo, se pasa de los soldados inmóviles a una imagen movediza de cielo gris sobre los techos de Les Invalides). Para no crear emociones parásitas, el director evitó detenerse demasiado en los cantantes o en los músicos en acción. Para no crear pathos, sólo filmó a las familias al pasar (una decena de planos, no más), como inserts de color mudo, sin insistir. Para no molestar con planos demasiado fijos, varió inteligentemente los ángulos, encontró recorridos muy refinados para las cinco cámaras, etc.

Extraño espectáculo de un medio moderno que se autocensura con el fin de respetar el género (pictórico) y la época a la que éste pertenece: la pintura o el grabado (patrióticos) de fines del siglo XIX. Filmaron en 1983 una escena de 1883.

Lo más notorio, y para mí lo más sintomático, fue la ausencia (casi absoluta) de movimientos de aproximación del zoom. En su uso cotidiano (profano), el zoom hacia adelante se había convertido, no tanto en una voluntad de significar o en una figura de estilo, cuanto en una suerte de reflejo automático de los camarógrafos, vacío de sentido, que indicaba solamente “estamos en la televisión”. Pero a mismo tiempo, el zoom hacia delante, con su costado insinuante y de animal de rapiña, sigue “teniendo un sentido”: el de una violación, justamente. De modo que, rechazando de pronto esta muletilla habitual de la TV, el realizador está obligado a hacer “puesta en escena” a la antigua; a hacer zoom, pero hacia atrás; a no cesar de ir del detalle al Cuadro de conjunto y jamás a la inversa; a “asumir” el espectáculo tal como fue previsto, con sus tiempos lentos (puntuados por las obturaciones de las cámaras fotográficas, el ruido de pasos, el rumor discreto del sonido directo), y sus tiempos “fuertes” (como el alzamiento simultáneo de los ataúdes, o su extraña marcha coja en hombros de los paracaidistas).

En resumen, hicieron falta 58 muertos y un ritual nacional, para que un teleasta se interrogue, un poco, sobre el sentido de los gestos de su oficio. Como se podrá ver, la “forma” no es poca cosa.

[3 de noviembre de 1983]

Extraído de “Cine, arte del presente”, antología al cuidado de Emilio Bernini y Domin Choi (Santiago Arcos editor, 2004).

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