Aberraciones para conciencias tranquilas

por Andrés Caicedo

Hace cuántos, cuatro años cuando estudiábamos en quinto de bachillerato en el San Luis, me acuerdo, descubrimos las primeras películas pornográficas que comenzaron a entrar a Colombia por las vías comerciales. Y en Cali fue donde primero se exhibieron. Eran otros tiempos. Claro que ya hace muchísimo habíamos descubierto el cine. Pero fue por esa época, cuando apenas descubrimos que el cine era mucho más interesante que el bachillerato entero. Y fue cuando comenzamos a ver las cosas claras, y los encargados de educar a la juventud que nos repetían día a día ¿qué se podía esperar de un hombre que no terminara el bachillerato? Y nosotros cómo hacíamos para explicarles que preferíamos las sonrisas de las actrices norteamericanas, que aprendíamos más en una película de vaqueros, de miedo, de la vida. Desentendimiento. Y los Confundidores nos hablaban toda la mañana y después del almuerzo, con la digestión, no enseñaban a manejar los números. Había en especial un Confundidor chiquito, con el odio en la mirada y en los pasitos que daba, que nos enseñaba química. Hace de esto cuatro años. Y dieron la primera película pornográfica en el Teatro Isaacs. Se llamaba El miedo y el amor. La dirigía un sujeto llamado Max Pecas. Y había que volarse de clase de química, pero cuando tocó decidir entre aprender a ver los senos por medio del cine, o aprender la química, todo el mundo optó por el cine. Cuando digo todo el mundo me refiero a los compañeros que ya en ese entonces veían la sombrea de las cosas, Alfonso, Jaime, Guillermo, quién lo iba a pensar: Tarquino, y hasta Panebianco y Cuervo. Y cuántos otros había en el quinto A, en el B, en el C, no lo sé.
De todos modos nos encontrábamos en el teatro, cómplices y nos juntábamos. Había algunos que entraban por primera vez al Isaacs, y les daba miedo. Los de más experiencia nos hacíamos a un lado y los protegíamos, no somos machos pero somos muchos. Y así vimos todas las películas que por ese entonces nos envió Max Pecas: Cinco mujeres con furia, Espías al acecho, La bahía del deseo, La mujer maldita, El mercado negro del amor.
Luego, al terminarse esta serie comenzaron a llegar las películas alemanas, griegas, de feroz estallido de pasiones, marineros solitarios que se acercan a la hija del rico, y les respiran en la cara y ella se arranca la blusa y se tiende en la arena. Aprendimos todo eso y nos olvidábamos para siempre de la química. Ante nuestros ojos se alzaba el amor, estirar una mano y calentar otra y quedarse allí esperando a que vengan las lluvias y se vayan y anuncien y anuncien tiempos de vacaciones. Aprendimos ante el peor cine del mundo, a mistificar el sexo. Y luego cuántos de nosotros hubo que llegaban un día a clase con la mirada perdida. Y era que anoche se había atrevido a romper el mito y enfrentarse a la realidad, Entonces comenzaba a los 15, 16 años, a ponerse viejo. Y fue así, por las cosas que iban sucediendo, que nos apartamos de aquel cine pornográfico, de sus ingredientes repetidos. Preferíamos nuestra tristeza. Estoy absolutamente seguro de que fue por esa época cuando comencé a distinguir y detestar, más que nada en la vida el cine malo, el cine mentiroso. Y buen tiempo ha pasado desde aquello y se ha seguido viendo cine malo, y por allí, una que otra vez las películas que le salvan la vida a uno, que sale uno del teatro no se sabe con qué, con estupefacción que dura una semana, con envidia que dura una semana, con un amor que dura todo el año. Y al cabo de los años hemos visto que esas películas, las que nosotros descubrimos a costa de la química, han regresado, pero no ya al Teatro Isaacs, oscuramente, medio clandestinas. Ahora las exhiben en el Teatro El Cid, en el Teatro Calima y ponen grandes avisos luminosos y los periódicos las anuncian a dos columnas. Y un día que pasamos por allí vimos al sujeto aquel que nos ensañaba química, comprando la boleta para ver Lo maravilloso del amor, con su mujer del brazo.
Esto quiere decir entonces que estábamos cuántos, cuatro, cinco, siete años más adelante que los hombres que se encargaron de educarnos. Pero también quiere decir que lo que antes era clandestino, y con motivos, debido a su ínfima calidad, sentido de belleza, ahora es plato de todos los días. Porque eso es ahora lo que produce dinero. Y la censura colombiana necesitaba urgentemente facilitarle mayores entradas de dinero a los encargados de comerciar el cine. Que el cine que se ve en Colombia está enteramente bajo el poder de USA, y es bien sabido por todo el mundo que el nuevo cine USA no trata más que el acomodaticio reflejo de su decadencia, para que esa decadencia ajena dé fruto en nuestro pueblo joven. Que el surtido de películas alemanas que está llenando la cartelera y que trata temas sexuales camuflados bajo el término de “científicos”, no tiene otro fin que excitar, excitar por debajo, excitar entre muslos apretados y bocas tiesas. Y que mientras cumple su tarea esencial, por allí derecho confunden, que destilan su venenosa ideología, que muestran al hombre convertido en bestia para que ante eso el público gordo, sudando por las manos, piense qué gente tan corrompida, nosotros lo que estamos es muy bien, y respiran aliviados, y así ya se pueden prestar a ver esa pareja de jóvenes que se besas chapoteantes, bestias, manos que se prenden, ojos que se voltean.
Cine para empleados de bancos, para amas de casa con problemas conyugales, para Confundidores (ya sean de química o literatura), para empleados públicos, para adolescentes beneficiados ante la nueva modalidad de la censura, de “liberalizarse” para poder ganar más plata a costa del embrutecimiento de todo un pueblo.
Y como es bien sabido por todo el mundo, durante todas las exhibiciones de Teorema, el film de Pier Paolo Pasolini, fue este mismo público, el consumidor de pornografía, el que se encargó de sabotear, con sorprendente acuerdo mutuo. Reacción por lo demás muy explicable. Imagínense que a un empleado de banco, con mujeres y tres hijos y con un carrito SIMCA en el que se ha metido, le muestres allí, de frente, la desconcertante belleza de Terence Stamp, el huésped, y que sienta la reacción física que le produce al ser humano todo contacto con la belleza. Es decir, que en lugar de sentir lo que se siente cuando ve a Raquel Welch, que sienta lo mismo cuando ve a Terence Stamp. Entonces todo se derrumba. Si se pone a darle vueltas a ese sentimiento tieso, se le daña la familia, se le cae la casa, se queda sin pagar el SIMCA, lo echan del trabajo. Entonces es mejor olvidarse, rechazar lo que sintió. Y reírse. Expresar que todo lo que esa película cuenta, muestra, hace sentir, es mentira. Y que ante las mentiras, la gente normal, decente, marcha, se ríe.
Revista dominical de Occidente (1971).
(Texto extraído de “Ojo al cine”, libro que compila los escritos sobre cine de Caicedo.)
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