Miércoles 29/9 | LA NOCHE DEL CAZADOR: “OTOÑO TARDÍO. Los colores de Ozu y Mizoguchi”: “EL SABOR DEL SAKE”, de Yasujiro Ozu

Hoy Miércoles, te invitamos a la función que te ofrece La Noche del Cazador en Cinéfilo Bar. Siguiendo con su ciclo “Otoño Tardio: Los colores de Ozu y Mizoguchi”, se proyectará Sanma no aji” , más conocida por estos lares como “El sabor del sake”, de Yasujiro Ozu (Japón, 1962, 112 min.)

La función tendrá lugar como de costumbre a las  21.00 hs.

A continuación Fernando Pujato, uno de sus programadores les regala un hermoso texto para acompañar la proyección de esta noche en el Cinefilo Bar:

Melodías cotidianas

Una breve y panóptica introducción a Ozu podría señalar que es el cineasta de los ordinario, que sus films descartan el vaivén expositivo entre los sucesos extraordinarios y los diminutos hechos de la vida cotidiana, que es un cine más de personajes que de guión, que a veces, puntualmente, vacía las imágenes de presencias terrenales para instaurar el reino de los objetos domésticos, que su “gran” tema es la familia nuclear japonesa, que sus planos son siempre fijos y la cámara está situada, las más de las veces pero no siempre, donde nosotros (los occidentales) pensamos que ellos (los japoneses) discurren su habitualidad, relacionalmente o no.Y que, finalmente, ya se trate de funerales, bodas, nacimientos, recordatorios, días festivos, agasajos celebratorios y pactos futuristas – o todo esto junto a la vez- sus películas discurren placenteramente, casi sin sobresaltos, mostrándonos que nada, en definitiva, es tan arduo como parece. O como queremos hacerlo parecer.

Entonces, ¿hay algo más para agregar con respecto a El sabor del sake? ¿algo más allí con respecto a una corriente vivencial cortésmente mostrada, fluidamente narrada?. No, si pensamos al cine, a una obra, a una película, como a un conjunto de generalidades más o menos reconocibles que nos instalan en la ineludible certeza de que lo que sabemos es suficiente para aprehender, sin mayores dificultades, lo que se nos muestra. Si intuimos que un cine, una obra, una película, es una particularidad laboriosamente explorada y que la escasa certidumbre que podemos exhibir apenas alcanza para imaginar (después) aquello que se nos ha mostrado antes.

Si un film encapsula en una secuencia magistral-musical  todo lo que puede significar perder una guerra,si nos deposita centrípetamente en el vórtice de tres generaciones para lanzarnos centrífugamente en el borde de sus individualidades, si juguetea pendularmente entre los espacios públicos y privados para señalarnos que lo verdaderamente importante no está en ninguno de ellos sino en lo que ellos ventilan, si nos oculta una boda (y a su pretendiente) pero nos cautiva con la secuencia de un abandono tan necesario como liberador y que, final pero no bucólicamente, delinea en sus personajes esa suerte de amabilidad experiencial de saber que la vida es un extraño convenio de fútiles propósitos y saberes magistrales, estamos no sólo en un cine que nos alerta acerca de la profunda habitualidad de una existencia pretendidamente moderna, no sólo en una de las obras maestras de uno de los dos directores más importantes de la historia de la cinematografía japonesa. Estamos viendo El sabor del sake, el afable desprendimiento de aquello que significa transitar fugazmente por este mundo.

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